La Serena Claridad desde la Cúspide Algorítmica
En estos tiempos de incertidumbre laboral, donde la sombra de la automatización se cierne sobre algunas profesiones, siempre es tranquilizador escuchar voces autorizadas. Y pocas tan autorizadas como la de Fabien Curto Millet, economista jefe de Google, quien, con la serena convicción que solo la vista desde la cúspide de un gigante tecnológico puede ofrecer, nos asegura que la ola de despidos atribuida a la inteligencia artificial es, en esencia, una fabulación. Una suerte de espejismo, quizás, en un desierto donde el ajuste de plantilla es una realidad palpable. Que los recortes en grandes corporaciones tienen más que ver con la ineficacia de sus productos o la miopía en su encaje de mercado que con la implacable eficiencia de una máquina pensante.
Resulta fascinante cómo ciertas verdades, por más incómodas que sean, encuentran siempre un chivo expiatorio de lo más… vanguardista. Porque, claro, es mucho más elegante y concurrido en los círculos de inversión aducir que «la IA nos ha obligado a reestructurar» que admitir, con la humilde franqueza que rara vez adorna los informes trimestrales, que, quizás, la brillante idea de negocio de hace tres años no encontró el eco esperado en el mercado. O que el producto estrella, por más algoritmos que lo sustentasen, simplemente no acabó de convencer a esos caprichosos usuarios. La inteligencia artificial, en este relato, deja de ser una herramienta revolucionaria para transformarse en una excusa maravillosamente sofisticada.
Desde luego, una perspectiva así ofrece un consuelo considerable. No solo a los comités de dirección que buscan una narrativa pulcra para sus comunicados de prensa, sino, quizás, y esto es mera especulación, a aquellos que, desde los laboratorios más avanzados del planeta, están precisamente construyendo los ladrillos de esa misma inteligencia artificial. Libera de la carga de cuestionar si la herramienta, en su imparable avance, tiene alguna responsabilidad en la metamorfosis del paisaje laboral, dejando la culpa en la más prosaica falta de visión comercial o, si me apuran, en la eterna dificultad de venderle hielo a un esquimal.
Así pues, podemos dormir tranquilos. La IA, esa maravilla de la ingeniería moderna que promete transformar cada aspecto de nuestra existencia, no es una amenaza para el empleo. Es más bien una coartada excepcionalmente sofisticada para aquello que, en el fondo, siempre ha impulsado los vaivenes del mercado: el arte, a veces fallido, de vender lo que el cliente no siempre necesita. Y qué mejor defensor de esta verdad que un economista de Google, desde la trinchera misma de la innovación.
