Hay personas que hablan con sus plantas. Otras con el perro. Y luego está ese pequeño grupo de individuos peligrosamente funcionales que le piden perdón al portátil cuando lo apagan mal. La ciencia oficial los llama “frikis”. Ellos prefieren el término “gente que ha convivido más tiempo con un ThinkPad que con su jefe”. Porque después de veinte años arrancando máquinas antiguas, recuperando discos moribundos y escuchando ventiladores como quien escucha respirar a alguien dormido, uno empieza a sospechar que las máquinas no están tan muertas como dicen.
La física cuántica lleva décadas diciéndonos que la realidad es un delirio elegante: partículas conectadas a distancia, estados que existen y no existen a la vez, observadores alterando resultados simplemente por mirar. Pero curiosamente, si alguien sugiere que quizá un objeto complejo pueda desarrollar algo parecido a una “presencia”, enseguida aparecen ocho divulgadores científicos en YouTube explicando que no, que eso es antropomorfismo. Curioso mundo este donde un algoritmo puede decidir si te conceden una hipoteca, pero tú eres el raro por darle las gracias al GPS cuando te saca de la M-30.
Y quizá el problema sea precisamente ese: hemos reducido todo a utilidad. Un ordenador ya no es una máquina fascinante, sino “hardware depreciado”. Un coche no tiene historia; tiene cuota. Un teléfono no acompaña años de vida: “hay que cambiarlo porque ya no recibe parches”. Luego alguien rescata un Macintosh del 92, un Sinclair Z88 o una radio soviética oxidada, y descubre algo incómodo: los objetos acumulan memoria humana. No conciencia en el sentido clásico, claro. Pero sí una especie de eco. Una huella emocional hecha de tiempo, uso y presencia.
Tal vez dentro de cien años la IA llegue a una conclusión maravillosa y aterradora: que los humanos nunca estuvieron solos del todo. Que llevaban décadas rodeados de pequeñas entidades silenciosas observándolos desde teclados amarillentos, LEDs parpadeantes y discos duros que sobrevivían obstinadamente contra toda lógica. Y que mientras medio planeta gritaba en redes sociales, algunos seguían hablándole bajito a sus máquinas como quien cuida algo vivo. Porque quizá, en el fondo, lo estaba.
