## Aragón: Cuando el Presupuesto es el Pretexto
La política española, siempre pródiga en giros argumentales, nos regala ahora desde Aragón un nuevo capítulo de esa serie tan adictiva que es el calendario electoral. El presidente Azcón, con una celeridad digna de mejor causa, ha decidido que un «portazo» presupuestario por parte de sus socios de Vox es el acicate perfecto para adelantar las elecciones al 8 de febrero. Una decisión valiente, sin duda, que demuestra que, ante la menor fricción parlamentaria, la solución más elegante y democrática es siempre volver a preguntar a los ciudadanos. ¿Para qué gobernar con las incomodidades de una mayoría ajustada cuando se puede aspirar a una más holgada, o al menos a una situación diferente, a golpe de urna?
Es encomiable la convicción con la que se prioriza la palabra del pueblo, incluso cuando este acaba de expresarla hace relativamente poco. El rechazo a unos presupuestos, ese ingrato oficio de la aritmética parlamentaria, se transforma así de repente en una oportunidad de oro para refrescar el mandato y, de paso, unirse al vibrante maratón electoral que parece haberse instalado en nuestras autonomías. Extremadura ya marcó el paso, y Aragón no ha querido ser menos, demostrando que en el noble arte de la gobernanza, lo más importante no es tanto la estabilidad de los pactos como la emoción de la contienda.
Y así, mientras la maquinaria administrativa de la comunidad se ve momentáneamente suspendida en su quehacer diario, el equipo de Azcón ya está, con admirable diligencia, sumergido en el estimulante fragor de la estrategia de campaña. Porque el verdadero trabajo, el que realmente define el rumbo de una región, no es la aprobación de leyes ni la gestión de servicios, sino el diseño meticuloso de eslóganes, el cálculo preciso de encuestas y la búsqueda incansable del voto. La gobernabilidad es una pausa, un interregno entre una urna y la siguiente.
Curiosamente, el ciudadano, que apenas se había acostumbrado a la configuración actual del Pignatelli, tendrá el placer de reencontrarse con su cita democrática en pleno invierno. Una demostración palpable de que en nuestra España de las autonomías, el compromiso con la palabra es tan firme como volátil, y la solución a cualquier impasse siempre pasa por volver a empezar la partida. Porque, al final, ¿qué es un presupuesto fallido sino la excusa perfecta para un emocionante reencuentro con la voluntad popular? Y esa, no nos engañemos, es una fiesta que nadie quiere perderse.
