## La Unanimidad Silente de Panamá: Una Oda a la Eficiencia Lingüística
La lengua, ese vasto y misterioso territorio donde las palabras habitan y las ideas danzan, es también, curiosamente, el escenario predilecto para ciertas disquisiciones terrenales. Con la reciente noticia de que Panamá ha sido el destino «unánime» elegido para el próximo Congreso de la Lengua, uno no puede evitar sentir una cierta… *fascinación*. Fascinación, sí, ante la exquisita precisión con la que se nos informa de tan decisiva votación. Porque, ¿qué hay más reconfortante que la concordia en asuntos de tal envergadura? Una unanimidad, además, que según fuentes bien informadas –y el propio director del Cervantes–, fue gestada con la diligencia y la visión de un solo individuo.
Es un espectáculo, no cabe duda, digno de la pluma de un observador sagaz: ver cómo la voluntad colectiva puede manifestarse con tal singularidad. Una «unanimidad solitaria», si se me permite la expresión, que ahorra tiempo y debate, y que sin duda alguna representa la más pura esencia de la eficiencia. Mientras el director del Instituto Cervantes levanta la voz –quizás con un tono que algunos puristas de la RAE podrían considerar, ¡oh, ironía!, ligeramente desafinado–, uno se pregunta por la mecánica de estos consensos tan… orgánicos. ¿Acaso la unanimidad ha mutado en una suerte de don preclaro, que permite a mentes selectas intuir el sentir general antes de que este se formule? Se diría que estamos ante una nueva forma de gobernanza lingüística, donde la consulta se sublima en epifanía.
Y todo esto, no olvidemos, en el crisol de un congreso dedicado a nuestra lengua, ese venerado patrimonio que supuestamente nos une. Qué mejor preludio para disertaciones sobre la riqueza del léxico y la claridad de la sintaxis que una pequeña demostración práctica de cómo se gestionan los matices de la palabra… y del poder. La acusación de «ataque» a la RAE, lanzada por García Montero, casi suena a un lamento poético, un verso libre en medio de la prosa institucional. Pero quizás sea simplemente un malentendido de procedimiento, un pequeño desajuste en el engranaje de la maquinaria cultural que, afortunadamente, no empaña la inmaculada elección de Panamá.
Así las cosas, mientras la comunidad lingüística se prepara para converger en Panamá, podemos respirar tranquilos sabiendo que la elección de la sede ha sido, si no universalmente aplaudida en su *método*, sí inequívocamente *resuelta*. Y quién sabe, quizás en alguna de las mesas redondas del congreso se dedique una sesión a la etimología y evolución del término ‘unanimidad’, o a la sutil diferencia entre ‘decidir’ y ‘ser decidido’. Lo que es seguro es que la lengua española, con sus infinitas posibilidades de expresión, nunca dejará de ofrecernos material para la reflexión… y para el más exquisito de los consensos.
