Hay una costumbre curiosa en quien se asoma aquí por primera vez: buscar el fallo fuera. El exceso de tono, la mala intención, la incomodidad innecesaria. Siempre hay un “demasiado” al que agarrarse para no mirar de frente. Es comprensible. Nadie entra voluntariamente en un espejo que no suaviza.
Doscientas veces después, conviene aclararlo: esto nunca fue un problema de escritura. Ni de formas. Ni siquiera de fondo. Aquí no se viene a convencer a nadie, ni a educar, ni a ofrecer respuestas limpias envueltas en papel amable. Aquí se viene —si es que se viene— a tropezar.
Porque lo que molesta no es lo que se dice. Es lo que resuena.
Cada artículo ha sido, en el mejor de los casos, una pequeña grieta. Un lugar por el que se cuela algo que no encaja del todo, que incomoda lo suficiente como para apartar la mirada o, con un poco de mala suerte, quedarse un segundo más de la cuenta. Y ese segundo es el problema.
No hay comunidad aquí, ni refugio, ni trinchera. Hay un espacio. Y en ese espacio, a veces, ocurre algo raro: alguien se reconoce donde no quería.
Si has llegado hasta el artículo 200, no es por nosotros.
Es porque, de alguna manera, no has podido dejar de leerte.
No es un artículo. Es un espejo que no se apaga cuando te vas.
