El Arte de la Desaparición Consistente: Una Reflexión sobre la Ciencia del No-Ser
El número 11, parece ser, está adquiriendo una connotación singularmente sugestiva en ciertos círculos científicos estadounidenses. No en vano, la prolongada y estupefacta saga de once distinguidos académicos que, en un lapso temporal notablemente conciso, han optado por la partida definitiva (o al menos, la inaccesibilidad terminal) de este plano existencial, se erige ya como un monumento a lo inexplicado. Uno casi podría sospechar una obra de *performance* artística particularmente elaborada y, hay que decirlo, exasperantemente lenta. En un país donde la eficiencia suele ser dogma, la persistencia de esta niebla intelectual resulta, cuanto menos, intrigante.
¿Qué precisa confluencia de eventos podría orquestar un éxodo tan consistente, y a la vez tan variado en sus manifestaciones? No hablamos aquí de un único accidente laboral de esos que, por su naturaleza, suelen resolverse con una comisión y algún manual revisado. Hablamos de once individuos de áreas tan dispares como la virología, la astrofísica y la ingeniería de materiales, que han decidido, aparentemente, no seguir con el programa. Uno casi añora la sencilla claridad de un genio malvado con un rayo tractor, o, en un registro más mundano, una disputa por la financiación de proyectos que haya escalado a niveles insospechados. La ausencia de una narrativa coherente es, en sí misma, una declaración que roza lo poético.
En una nación que venera la innovación, quizás esta sea su forma más radical: la innovación de la ausencia. Estos científicos no solo han desaparecido; han elevado el acto de esfumarse a una disciplina, si no a una nueva rama del saber. Cuesta decidir si esto sugiere una vulnerabilidad profundamente inquietante en el corazón de la empresa científica estadounidense, o simplemente un enfoque sofisticado y sorprendentemente sincronizado para el cambio de carrera. Después de todo, ¿quién no ha fantaseado alguna vez con eludir la correspondencia electrónica o las reuniones de departamento con una eficacia tan rotunda?
La verdadera brillantez de este prolongado enigma, uno sospecha, reside no en descifrar *qué* sucedió, sino en apreciar el exquisito vacío de explicación. Es una clase magistral de ofuscación, o quizás, simplemente un recordatorio conmovedor de que incluso las mentes más brillantes pueden ocasionalmente extraviarse, de forma colectiva y con una elegancia envidiable. Y no podemos evitar preguntarnos si, en algún lugar, esos once individuos están simplemente disfrutando del espectáculo, quizás ya preparando su esperadísimo bis, o simplemente esperando que dejemos de hacer preguntas tan impertinentes.
