La Última Frontera del Ser (o el Pragmático Escape)
La pregunta que plantea nuestro provocador titular, «¿Qué demonios estamos haciendo (mal) para que una joven prefiera ser perra antes que niña?», nos invita a una de esas pausas filosóficas que tan a menudo se interponen en el vertiginoso camino del progreso. En un mundo donde la identidad se ha convertido en un fluido casi sin límites, donde el yo se esculpe y redefine a golpe de clics y manifiestos, quizás la más reciente expresión de la inagotable búsqueda de la identidad no sea, en el fondo, tan sorprendente. Quizás simplemente hemos subestimado la amplitud de la autodefinición humana, o lo que es más probable, la astucia de quien, saturada de las complejidades de su propia especie, decide explorar opciones menos gravosas.
Piénsenlo bien. ¿Qué significa ser «niña» en la era contemporánea? Implica una cascada de expectativas, una maraña de ansiedades sobre el futuro, una incesante pugna por la autoafirmación en un ecosistema digital que devora la autenticidad. Es la pesada carga de la conciencia, la eterna danza con la angustia existencial, la obligación de tener una opinión bien fundamentada sobre todo, desde el cambio climático hasta el último meme viral. Por otro lado, la existencia canina, vista desde una perspectiva decididamente antropocéntrica, ofrece la feliz inocencia de un olfato privilegiado, la leal simplicidad de una existencia anclada en el presente y, sobre todo, la dulce liberación de no tener que preocuparse por las hipotecas o la crisis de los algoritmos. Es, si se quiere, el nirvana de lo inmediato.
Uno no puede sino admirar la audacia, o quizás el pragmatismo, de quien opta por cambiar la mochila de la autoconciencia humana por la correa y el tazón. En nuestra era, pródiga en etiquetas y auto-definiciones, donde cada sombra de la individualidad debe ser celebrada y cada nicho, por minúsculo que sea, merece su propia bandera, ¿no es esta una forma de llevar el concepto de «ser quien realmente eres» a su más límpida expresión? Es la radicalidad del escape, la sutileza de la objeción, la elegante renuncia a una humanidad que, francamente, a veces resulta agotadora.
Así que, antes de rasgarnos las vestiduras y buscar culpables en los escombros de nuestra civilización, quizás debiéramos detenernos y considerar que la joven en cuestión podría no estar tan equivocada. Quizás la perra sepa algo que la niña, abrumada por la complejidad de su propia especie, ha olvidado. O quizás, y esta es la ironía más cruel, nos hemos empeñado en construir un mundo tan extraordinariamente complicado, que la opción más sensata, la más serena y, en definitiva, la más *humana* es simplemente dejar de serlo. Después de todo, ¿quién no anhela, al menos por un instante, la serena indiferencia de un buen ladrido ante el clamor del mundo?
