Boomers vs. Milenials, ¿choque real o montaje político?
Cada cierto tiempo, con una periodicidad casi litúrgica, emerge en el cuadrilátero mediático la contienda favorita de la temporada: Boomers contra Milenials. Un espectáculo intergeneracional donde se debaten, con una vehemencia que roza lo cómico, temas tan trascendentales como la propiedad de la vivienda, la sostenibilidad del aguacate o la correcta forma de apagar el móvil. Y, por supuesto, la eterna pregunta sobre quién tiene la culpa de *todo*. Es una narrativa tan recurrente que ya se ha ganado un puesto de honor en el panteón de las discusiones que, aparentemente, son irresolubles pero que, curiosamente, nunca pierden su encanto para una audiencia ávida de bandos.
Uno podría pensar que detrás de esta dicotomía se esconde un conflicto de intereses genuino y profundo, un verdadero choque de cosmovisiones que cimienta el futuro. Y sí, claro, las diferencias existen: visiones del mundo, hábitos de consumo, la misma semántica del ocio. Pero, ¿es esta la guerra definitiva por el alma de la civilización occidental, o más bien un guion tan predecible como rentable para aquellos que prosperan en la confrontación? Uno no puede evitar admirar la eficiencia con la que los pequeños roces cotidianos se magnifican hasta convertirse en abismos generacionales insalvables, con la ayuda de un buen titular y algún que otro *influencer* bien posicionado.
Porque, admitámoslo, debatir sobre quién tiene la culpa de que el mercado inmobiliario sea una quimera o de que las pensiones se tambaleen es mucho más sencillo que, digamos, reestructurar un sistema económico global que, para una parte significativa de la población, se ha vuelto un laberinto sin salida. Es una cortina de humo exquisita, un entretenimiento de masas que desvía la mirada de los verdaderos arquitectos de nuestras tribulaciones hacia el vecino de generación. La división es, después de todo, una herramienta ancestral para evitar la unión de fuerzas; una estrategia tan antigua como eficaz para mantener a la mayoría entretenida mientras la minoría, la que realmente se beneficia, observa desde la placidez de su balcón.
Quizás la ironía más deliciosa de este interminable pugilato es que, mientras nos enzarzamos en disputas sobre quién trabajó más o quién es más «sensible», el sistema que supuestamente ya no sirve a la mayoría sigue sirviendo, admirablemente, a una minoría muy concreta. Y esa, mis queridos contendientes, es la verdadera batalla que nadie parece tener tiempo de librar, ocupados como estamos en contar cuántos aguacates nos quedan por pagar y cuántos inmuebles no podremos heredar.
