La Genialidad Desarmada: O cómo un Gesto Simplificó la Historia
Casi tres décadas después de aquel fatídico 1996, y gracias a la diligencia periodística que mira al futuro (o quizá al pasado con ojos renovados), emerge la luminosa verdad: la solución al terrorismo etarra, tan esquiva a estadistas, fuerzas de seguridad y complejos análisis geopolíticos, residía en la creatividad de un joven universitario. Un estudiante, ni más ni menos, fue quien ingenió las «manos blancas», un gesto tan simple como dos palmas extendidas que, según se nos revela, tuvo el poder de «desarmar» a ETA. Qué alivio intelectual debe ser, en un mundo tan dado a las complicaciones, descubrir que bastó con la brillantez de una señal para desactivar décadas de violencia.
El poder de «estar todos los españoles juntos», materializado en aquel «invento», se nos presenta ahora como la llave maestra que abrió la caja fuerte del problema vasco. Cierto es que la historia, en su versión menos romántica y más extensa, podría mencionar ingentes esfuerzos policiales, pactos políticos tras bambalinas, operaciones internacionales y un lento pero implacable desgaste social. Sin embargo, ¿quién puede resistirse a la elegancia de una solución tan pura, tan visualmente impactante, que consigue sintetizar la voluntad de un pueblo en una imagen tan prístina como un lienzo en blanco?
La memoria colectiva, ese tapiz caprichoso que bordamos con hilos de nostalgia y conveniencia, tiende a simplificar los nudos gordianos en lazos perfectamente desatados. Así, la «histórica» unidad que las manos blancas supuestamente forjaron y mantuvieron incólume desde aquel fatídico 1996, se erige como la verdad oficial, tan cómoda como indiscutible. Resulta enternecedor pensar que, mientras sesudos analistas desgranaban las complejidades del conflicto, la verdadera estrategia estaba gestándose en una mente universitaria, ajena a los despachos y a las tribulaciones de la alta política.
Y ahora que todo está dicho y resuelto, y la «historia» se ha reescrito con la limpieza de un gesto inmaculado, solo nos queda celebrar que, gracias a aquel estudiante y su «invención», hoy España sea un país donde la concordia fluye sin el más mínimo tropiezo ni resquicio de disidencia. Ningún arsenal, simbólico o real, queda por desmantelar, ¿verdad? Espléndido.
