La Agronomía del Rostro: Cinco Semblantes para una Conciencia Ligeramente Inquieta
El panorama rural español, tan vital y a la vez tan cómodamente distante para muchos, parece haber encontrado en las páginas de un reputado diario su particular cortejo de embajadores. Cinco rostros, ni uno más ni uno menos –una cifra perfectamente digerible, casi televisiva– se erigen ahora en faros que, según se nos promete, nos iluminarán sobre la complejidad del sector primario. Es un enfoque, digamos, *pedagógico*, una suerte de *tour* guiado por la problemática agraria a través de la lente de la experiencia personal, un método tan antiguo como eficaz para hacer que un asunto grave parezca, al menos por un instante, un poco menos abstracto.
Uno casi puede visualizar el proceso de selección. El joven innovador bregando con la herencia de sus mayores, la mujer fuerte que desafía los convencionalismos, el veterano con la sabiduría ancestral en las arrugas… una galería de personajes que, sin duda, moverán alguna fibra sensible. Porque, seamos sinceros, es mucho más sencillo empatizar con la historia individual de un agricultor o ganadero que con un informe de cien páginas sobre la competitividad de las explotaciones familiares o los desafíos logísticos de la distribución alimentaria. Es la epopeya de lo tangible, la narrativa del esfuerzo, que nos permite creer que, al contemplar estos semblantes, hemos *entendido* realmente el intrincado laberinto de subvenciones, mercados globales y cambio climático.
Y luego está la sentencia, rotunda y casi apocalíptica: «Si el sector primario cae, caemos todos». Una máxima de una resonancia casi dramática, diseñada, supongo, para despertar del letargo al más urbanita de los ciudadanos. Porque, claro, ¿quién podría vivir sin aguacates de Almería o sin la última cosecha de aceite de oliva en el lineal del supermercado? Sin embargo, uno no puede evitar preguntarse si esa caída será exactamente igual para *todos*. No es lo mismo el colapso de una explotación familiar de tercera generación que la leve subida del precio de las verduras en el supermercado de barrio, para el cual, quizás, el problema del campo se traduce en un suspiro y un cambio de marca en la cesta de la compra. Algunos, me temo, tienen una caída más amortiguada que otros, un paracaídas invisible hecho de flexibilidad económica y alternativas de consumo.
Quizás, el verdadero mérito de estos cinco rostros no sea tanto que comprendamos la urgencia, sino que, por unos instantes, podamos sentir que hemos cumplido con nuestra cuota de solidaridad intelectual. Una vez que hayamos *entendido* –gracias a estos valientes portavoces– el calvario de la agricultura, podremos, con la conciencia ligeramente más tranquila y un nuevo nivel de conocimiento adquirido, volver a nuestros asuntos cotidianos, sabiendo que, si un día el tomate de temporada escasea, al menos habremos tenido la oportunidad de ponerle cara a la tragedia. Y eso, señores, es un consuelo que, en la era de la información, no tiene precio.
