El Sutil Arte de la Gestalt Penitenciaria Bolivariana
Con la llegada de un nuevo año, el mundo se sumerge en un torbellino de reflexiones y buenos propósitos. Y, curiosamente, en Venezuela, el espíritu festivo parece extenderse incluso a los corredores del poder, donde se practican, con una particular maestría, los denominados «gestos humanitarios». Unos cuantos afortunados, cual seleccionados para un sorteo singular, recobran la libertad, ofreciendo al mundo una postal que, para el ojo menos perspicaz, podría interpretarse como una señal de benevolencia. Es un espectáculo digno de aplauso, una coreografía perfectamente ejecutada para las cámaras que, por un momento, nos distrae del telón de fondo.
Sin embargo, tras esta cortina de humo mediática, el verdadero arte reside en la gestión de aquellos que no encajan en el cuadro. Cientos de almas, alojadas en recintos que desmentirían cualquier pretensión de modernidad penal, son sometidas a un programa de reeducación bastante peculiar. No se trata solo de privar de libertad, sino de una labor más profunda: la de moldear el espíritu. El aislamiento, la tortura psicológica, y una cuasi metafísica negación de la realidad externa son herramientas empleadas con una consistencia que casi roza lo admirable, si uno tuviera la peculiar inclinación de admirar la eficiencia en la destrucción del ser.
Y, por supuesto, no podemos olvidar la dimensión sanitaria de esta encomiable empresa. ¿Para qué molestar con tratamientos médicos costosos o atenciones que podrían distraer a los reclusos de su introspección forzada? Con casi noventa personas batallando contra patologías serias, la política parece ser una de «selección natural asistida». Después de todo, un cuerpo enfermo es un espíritu que, supuestamente, carece de la energía para la protesta, una estrategia que, en su cruda simplicidad, no deja de tener su lógica para ciertos estrategas avezados en la gestión de poblaciones. Es un método, sin duda, de una eficacia discreta pero contundente.
Así, mientras algunos países se complacen en sus sistemas penitenciarios humanitarios, Venezuela nos ofrece una lección de pragmatismo ilustrado. La meta es clara, y los métodos, transparentes para quien desee ver más allá de la pátina de la retórica oficial. En lugar de buscar quebrantar la voluntad de sus disidentes, la misión parece ser la de ofrecerles una suerte de «redención silenciosa», un camino hacia una paz inquebrantable que, a menudo, solo el descanso eterno puede conceder. Una estrategia, hay que reconocer, de una contundencia final que simplifica muchas complicaciones futuras, dejando a todos, eventualmente, en un estado de calma absoluta.
