## La Elegancia de la Oclusión Cognitiva: Una Apología del Primado Negativo
En el siempre efervescente laboratorio de la mente humana, donde la cognición danza al ritmo de miles de estímulos por segundo, existe un fenómeno de una sutileza casi poética: el primado negativo. No se trata de la mera predilección por la queja o el pesimismo innato – una afición ya bastante cultivada en nuestra era digital –, sino de un mecanismo mucho más refinado. Hablamos de esa exquisita capacidad del cerebro para, tras haber ignorado conscientemente un estímulo, volverse curiosamente *más lento* o *menos eficaz* en procesarlo cuando se le presenta de nuevo. Una suerte de superpoder cognitivo en reversa, que nos permite celebrar, con una elegancia casi diletante, la virtud de la *no-atención*.
En el bullicio de la sociedad contemporánea, donde la ubicuidad de la información amenaza con ahogarnos en un mar de datos irrelevantes, esta cualidad se alza como un faro de eficiencia. Nos jactamos de nuestra capacidad para discernir, para filtrar el ruido, para construir nuestras burbujas de eco con una precisión casi arquitectónica. ¿Y si nuestra impecable curación de la realidad –esas noticias que elegimos no leer, esos debates que nos negamos a entablar, esas verdades incómodas que tachamos de «fake news» con un solo clic– no fuera solo un acto de libre albedrío, sino la manifestación social de este primado negativo en pleno apogeo? Estamos, quizás, entrenando nuestras mentes colectivas no solo para *elegir* qué ver, sino para *inhibir activamente* la posibilidad de procesar aquello que decidimos marginar.
Este fenómeno, estudiado con rigor en los gélidos pasillos de la psicología cognitiva, trasciende la mera distracción. Subyace aquí una ironía deliciosa: al esforzarnos por ser más selectivos, por enfocarnos en lo «positivo» o lo «útil», podríamos estar cultivando una ineptitud sutil para enfrentarnos a lo que previamente habíamos rechazado. No se trata de la mera negatividad, sino de la sutil supresión que, paradójicamente, nos hace menos ágiles ante la misma información que hemos descartado. Los debates políticos se vuelven más férreos no solo por la convicción de lo propio, sino por la dificultad incrementada de asimilar lo ajeno, previamente calificado y relegado al «área de ignorados» del disco duro social.
Así, en nuestra incansable búsqueda de la claridad mental y la optimización de la experiencia, quizá estemos, sin saberlo, perfeccionando el arte de la ceguera selectiva. Porque, ¿qué podría ser más liberador y a la vez más peligrosamente eficaz que un cerebro que, una vez que ha decidido que algo no merece su atención, se toma su tiempo —un tiempo precioso, por cierto— para reconocerlo la próxima vez? En este vertiginoso siglo XXI, donde la prisa es la norma, la verdadera maestría reside, quizás, en ser exquisitamente… inconscientes. Una panacea para la sobrecarga informativa, o una elegante invitación a la inadvertencia estratégica. El tiempo, con su peculiar sentido del humor, lo dirá.
