Lo único que haces desde que naces hasta que mueres es respirar.
Ni amar. Ni pensar. Ni decidir. Respirar.
Y jamás has pedido explicaciones.
Te enseñaron a desconfiar de todo: del agua embotellada, de los ingredientes, de las noticias…
pero el aire no. El aire entra directo. Sin filtro. Sin duda. Sin dignidad.
Gratis.
Eso es lo que más debería inquietarte.
Porque nada verdaderamente importante es gratis.
Y sin embargo, lo más íntimo que haces —llenarte por dentro— lo delegas sin condiciones.
Mientras tanto, arriba, el cielo ya no cambia: se dibuja.
No es meteorología. Es geometría.
Líneas que aparecen donde no había nada.
Que se cruzan con una precisión que no necesita explicación porque nadie la exige.
Que se quedan el tiempo justo para dejar de ser sospecha y convertirse en paisaje.
Y tú, abajo, respirándolo todo.
Sin mirar.
Sin preguntar.
Sin querer saber.
Porque saber implicaría algo insoportable:
que has estado dejando entrar en tu cuerpo algo que no has elegido.
Que tu primer acto de vida —respirar— no es tuyo.
Que quizá nunca lo ha sido.
Pero no pasa nada.
Te levantas.
Vas a trabajar.
Miras el móvil.
Te distraes.
Respiras.
Y lo llamas normal.
Quizá no te estén haciendo nada.
Quizá.
Pero si lo estuvieran…
¿en qué momento exacto te enterarías?
¿Cuando ya no pudieras dejar de respirar?


