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Las opiniones de Paca Las opiniones de Paca

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Las opiniones de Paca
Las opiniones de Paca

El día que entendí que no soy imprescindible (y eso me salvó).

Paca, 26 de febrero de 2026

Existe una cierta narrativa implícita en nuestra cultura, una que nos adiestra desde temprana edad en la noble (y francamente agotadora) empresa de la trascendencia. Se nos educa para dejar una huella, para ser el eslabón vital, la pieza clave. La idea de que cada acción cuenta, y la nuestra, por supuesto, de una manera fundamental, se instala silenciosamente, construyendo un peso que no siempre somos conscientes de llevar. Nos volvemos, en nuestro fuero interno, una suerte de atlas modernos, sosteniendo pequeñas porciones de nuestro mundo sobre hombros cada vez más encorvados.

El cosmos, con su indiferencia admirable, no suele tomar nota de nuestros pequeños dramas de hegemonía. Uno, absorto en la delicadeza de sus propios engranajes, tiende a creerse la pieza maestra. Pero llega un día, sin fanfarrias ni epifanías de relámpago, cuando esa verdad se asoma. Más bien, una tarde cualquiera, observando cómo un proyecto vital seguía su curso sin nuestra presencia, o cómo una silla vacía no alteraba la dinámica de una reunión de forma catastrófica. Es una revelación que carece de drama, una suerte de comprensión tan obvia que casi avergüenza no haberla notado antes.

El eco de esa verdad no fue una derrota, sino un suspiro, un alivio casi cómico. De repente, el aire se sentía menos denso, la agenda menos imperiosa. La ilusión de ser el motor incombustible se disolvió, y con ella, una capa de ansiedad que uno no sabía que llevaba puesta. Fue una suerte de desprendimiento zen, quizás, pero con el prosaico aroma del café de oficina y el zumbido de un servidor que seguía funcionando sin objeciones.

Libre de la presión de ser la columna vertebral de cualquier estructura, uno puede dedicarse a la tarea misma, a la belleza del hacer, sin el lastre de la posteridad o la huella ineludible. La calidad del aporte no disminuye; quizás incluso se refina, despojada de su revestimiento heroico. Permite apreciar mejor las aportaciones ajenas, reconocer el ecosistema de talentos donde el nuestro es, afortunadamente, solo uno más. Una observación que, lejos de empequeñecer, ensancha el panorama.

Y así, en esa dulce abdicación de la necesidad propia, se descubre una libertad inesperada. El mundo, por supuesto, siguió girando. Los proyectos prosperaron, otros tomaron el relevo con una eficacia, si cabe, más serena. La paradoja es encantadora: en el momento en que aceptamos no ser el sol, quizás empezamos a brillar con una luz más auténtica, o al menos, menos agotadora. O, para ser más precisos, nos permitimos disfrutar del paisaje sin la urgencia de redefinir su horizonte.

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