## El Zen del Perímetro: Una Reflexión sobre la Contención no Controlada
La crónica diaria nos regala, en ocasiones, perlas de sabiduría inesperada, encapsuladas en la aridez de un comunicado oficial. Tal es el caso del incendio en una nave industrial de Paterna, que, según nos informan los servicios de emergencia, continúa «perimetrado pero no controlado». Una declaración que, en su concisa dualidad, trasciende la mera noticia de sucesos para ofrecernos una categoría existencial que bien podría definir la esencia misma de nuestra era.
«Perimetrado» evoca la pulcritud de la cartografía, la inteligencia estratégica del trazado de límites. Es el triunfo de la razón sobre el caos incipiente, la garantía de que el desastre ha sido, al menos, comprendido en sus contornos. Hemos sabido dónde empieza y dónde, previsiblemente, debería terminar. Pero el «no controlado» es el eco persistente de una realidad más obstinada: el fuego, ajeno a nuestras líneas imaginarias, sigue su danza interna, consumiendo lo suyo con impasible vigor. Es el dulce consuelo de haber definido el problema, de haberle asignado un espacio, sin la incómoda exigencia de haberlo resuelto del todo.
Y uno no puede evitar pensar que este estado «perimetrado pero no controlado» trasciende el ámbito puramente ignífugo o industrial. ¿Cuántos asuntos de nuestra vida pública y privada se encuentran en idéntica situación? Hemos cercado la inflación con discursos, hemos delimitado la polarización política con análisis sesudos, hemos identificado la sequía con mapas detallados… pero, ¡ay!, el control es otra quimera. Parece que nuestra era se ha especializado en la elaboración de perímetros sofisticados para nuestras calamidades, mientras la fuerza bruta de estas sigue operando en su interior con una autonomía casi poética.
Así, mientras los bomberos en Paterna continúan su admirable labor de mantener el fuego en sus justos límites, sin que este se dé por aludido en cuanto a su extinción total, nos dejan una valiosa lección. Quizás el progreso no consista tanto en apagar todos los fuegos, sino en enseñarles dónde están sus fronteras. Y en aplaudirles, quizás, por la encomiable disciplina de no traspasarlas. Al fin y al cabo, un incendio que sabe mantenerse en su sitio ya es, en sí mismo, un pequeño milagro de contención moderna.
