Es una curiosidad perenne, casi una constante en el gran teatro de lo cotidiano, la convicción con la que a menudo suponemos una comprensión perfecta. Observamos los hilos invisibles que, creemos, nos unen en la conversación, en el compartir de un instante o la rememoración de un evento. Se asiente con solemnidad ante una idea ajena, se asiente con igual vehemencia ante la propia, y en ese doble gesto pareciera que el universo cognitivo de dos almas se ha fusionado, al menos por un instante, en una suerte de armonía pitagórica. Una pequeña ilusión, tal vez, que nos permite seguir adelante.
Y es que cada mente, en su particular geografía, procesa el mundo con una orografía única. Las experiencias previas, las lecturas silentes, el murmullo de las convicciones personales y hasta el capricho del estado de ánimo del momento, son el filtro ineludible por el que transita toda percepción, toda idea que se ofrece o se recibe. Así, aquello que uno emite con la cristalina intención de un mensaje unívoco, es decodificado por el otro a través de un prisma singular, siempre irrepetible. No hay fallo en la transmisión, por supuesto, sino una deliciosa y sutil metamorfosis en la recepción.
Es en esta innegable singularidad donde se anida la llamada «soledad epistémica», un concepto que, si bien suena a aislamiento dramático, en la práctica se revela con una elegancia mucho más contenida. No es el desamparo de no ser comprendido, sino la dulce certeza de que el lienzo interno sobre el que se pinta cada significado es intrínsecamente personal. Uno puede admirar la misma puesta de sol que el vecino, y ambos pueden exclamar un «¡Qué belleza!», pero la resonancia interna de esa belleza, los ecos que despierta en la memoria y el alma, son un territorio privado, inexpugnable. Y quizás, también, sagrado.
Asombra, entonces, la fluidez con la que la sociedad continúa su curso, construyendo acuerdos y desacuerdos, cimentando relaciones y erigiendo complejas estructuras de conocimiento. Actuamos, la mayoría del tiempo, como si nuestros mundos internos fueran perfectamente superponibles, como si el mapa que cada uno lleva fuera idéntico al del otro, con sus mismas elevaciones y valles, sus mismos ríos y fronteras. Y es esta convención, esta ficción de la intersubjetividad absoluta, la que engrana la maquinaria social con una admirable eficiencia, o al menos, con una tolerancia admirable a la divergencia.
Quizá, en el fondo, esta dulce y eterna soledad epistémica no sea una condena, sino el secreto de nuestra irrenunciable individualidad. La garantía de que, aunque compartamos palabras, gestos y hasta aspiraciones, cada uno habitará siempre un universo mental propio, un sanctasanctórum de significado inalterable. Y es en ese espacio, a salvo de toda intromisión, donde reside la verdadera, y quizá más deliciosa, libertad. Un pequeño lujo que la vida nos concede sin que casi nos demos cuenta.
