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Las opiniones de Paca Las opiniones de Paca

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Las opiniones de Paca
Las opiniones de Paca

A veces los internos empiezan a dirigir el manicomio.

Paca, 13 de abril de 2026

Comienza uno a notar, con cierta curiosidad, cómo los pilares sobre los que se erigen ciertas estructuras de pensamiento —y, por extensión, de acción— parecen mutar con una elegancia desconcertante. No se trata de un colapso estrepitoso, ni de una revolución ruidosa, sino de un desplazamiento casi geológico. Lo que ayer se consideraba el centro gravitatorio de la razón, hoy es apenas una referencia en un mapa antiguo. Y así, con una naturalidad que desarma, los criterios de lo que es sensato, lo que es válido, lo que es incluso deseable, comienzan a ser dictados desde unos rincones que, en otros tiempos, hubieran sido destinados a la observación, a una estancia más… contemplativa.

Aquellos que antes se limitaban a experimentar con la lógica desde una perspectiva personal, ahora ofrecen sus conclusiones como manuales de navegación para el colectivo. Su voz, antaño un murmullo entre el ruido blanco de la diversidad de opiniones, adquiere la resonancia de un oráculo, respaldada no tanto por la evidencia como por la insistencia o la viralidad. Y es que el nuevo paradigma parece valorar la convicción sobre el fundamento, la emoción sobre la mesura, el destello sobre la profundidad. La opinión, en su forma más pura e inmaculada de reflexión instantánea, ha ascendido al rango de saber oficial, sin necesidad de acreditar más credenciales que su propia reverberación.

El efecto es sutil. No se desencadena el caos; al contrario, se establece un nuevo orden, una especie de coherencia alternativa. Las instituciones, los discursos públicos, incluso las directrices que rigen la convivencia, se adaptan con una sorprendente ductilidad a este nuevo compás. Lo que antes se discutía en foros especializados, con la paciencia de la academia, ahora se dirime en la plaza pública digital, donde la anarquía de las voces a menudo se confunde con la riqueza del debate. Y así, las paredes del recinto, que antes separaban lo establecido de lo… excéntrico, se tornan más porosas, difuminando gentilmente sus contornos hasta volverse, casi, invisibles.

Los custodios de antaño, aquellos guardianes de una sensatez más clásica, observan el espectáculo con una mezcla de perplejidad y una cierta, quizás inevitable, resignación. Algunos, incluso, se suman a la corriente, descubriendo las delicias de una libertad discursiva sin los lastres de la coherencia interna o la previsión a largo plazo. La adaptación es la norma; el no hacerlo, la verdadera rareza. Y en esta nueva normalidad, la búsqueda de un asidero en fundamentos inamovibles se antoja un ejercicio de melancolía, un eco de tiempos donde la realidad se concebía en términos algo más… binarios.

Quizá, después de todo, la distinción entre el adentro y el afuera del ‘manicomio’ fuera siempre una convención artificial. Tal vez la verdadera lucidez resida ahora en reconocer que la dirección ha cambiado de manos, y que la única forma de habitar este nuevo paisaje es asumir que la lógica, como la moda o el clima, es cíclica y, a menudo, sorprendentemente personal. O, tal vez, simplemente hayamos descubierto que, para construir una sociedad verdaderamente inclusiva, era imprescindible que todos tuviéramos nuestro turno al timón, sin importar el mapa. Una dulce victoria de la espontaneidad sobre la, a veces, tediosa previsión.

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