La Iluminación del Futuro y la Sombra del Presente
Redeia, ese faro de la infraestructura eléctrica española, nos ofrece una lección de estrategia empresarial digna de estudio. Según nos informa *El Mundo*, en la última década, casi la mitad de sus ambiciones inversoras se han dirigido a horizontes más allá de la pura y simple malla que alimenta nuestros hogares y empresas. Un 40% de capital, ni más ni menos, explorando el vasto universo de lo «no-red eléctrica». Una cifra que, en el contexto de una red nacional hoy descrita como «colapsada», adquiere una pátina de particular fascinación.
Podría pensarse que una dirección tan decidida hacia la diversificación es un testimonio de la visión de futuro, de la audacia de mirar más allá del poste de luz de cada día. Mientras otros se afanaban en el prosaico arte de mantener los cables tensos y los transformadores zumbando, Redeia, con encomiable espíritu aventurero, exploraba las delicias de, quizás, las telecomunicaciones o los satélites, esperando sin duda tejer una red aún más vasta de prosperidad. Era, sin duda, una estrategia para preparar a la compañía para un mañana que prometía ser distinto, y seguramente, más lucrativo.
Es cierto que las redes eléctricas, como los viejos robles, requieren un cuidado constante y, a menudo, poco fotogénico. La poda, el abono, la revisión de las raíces… labores mundanas que no suelen generar titulares de prensa ni deslumbrar en las presentaciones a inversores. Invertir un 40% fuera del negocio principal mientras la infraestructura base sufre, sugiere que la balanza entre la expansión estratégica y la solidez operativa quizá se inclinó con un entusiasmo desmedido por lo primero. Quién podría haber predicho que descuidar el fundamento, incluso con las más nobles intenciones de futuro, podría traer a colación las realidades del presente con tanta… *iluminación*?
Es casi poético que sea el propio «colapso» de la red, esa base tan fundamental, el que ahora invite a Redeia a volver a sus raíces con una renovada, y quizás, forzosa, devoción. Porque, al final, de poco sirven las redes de datos de vanguardia o los proyectos satelitales más innovadores si las luces de la oficina central, por no hablar de las de los hogares de los clientes, parpadean al compás de la nostalgia por una inversión más «tradicional». Sin duda, un recordatorio tan brillante como inoportuno de que, a veces, el futuro más prometedor es, simplemente, un presente que funciona.
