La Intemporalidad del Futuro: Una Reflexión desde 2026
Es curioso cómo el futuro, a veces, nos trae ecos del pasado con una nitidez casi insultante. La noticia que nos ocupa, fechada un prometedor 10 de enero de 2026, pero con una melancolía propia de otros tiempos, nos interpela sobre una cuestión que algunos creíamos superada: la supuesta originalidad de nuestro presente. La tesis es audaz en su simplicidad: la política actual no es sino un calco milimétrico de la que se orquestaba allá por 1900. Una afirmación que, si bien suena a provocación, no carece de un cierto encanto fatalista para el columnista hastiado.
Uno podría argumentar, con la vehemencia del neófito, que los satélites geoestacionarios, los algoritmos predictivos y las democracias líquidas deberían habernos inmunizado contra las añejas trampas de la diplomacia decimonónica. Sin embargo, la perspectiva que nos brindan nuestros colegas del futuro sugiere lo contrario. Las alianzas se tejen y destejen con la misma opacidad, las economías globales resuenan con la fragilidad de un dominó bien colocado, y el fervor nacionalista, lejos de ser un vestigio, parece haber encontrado nuevas y sofisticadas maneras de expresarse, a menudo a través de pantallas retroiluminadas y hashtags de ingeniosa simpleza.
Así, la gran pregunta, según la perspicacia de 2026, no reside en si evitaremos el próximo gran cataclismo, sino en el cuándo. Una simplificación elegante, ¿no creen? Se nos ahorra la molestia de deliberar sobre las complejidades de la paz sostenible, las sutilezas de la distensión, o las tediosas negociaciones multilaterales. En lugar de ello, se nos invita a participar en una suerte de quiniela existencial: ¿será la crisis de los recursos? ¿Un malentendido algorítmico? ¿O simplemente la inercia de la estupidez humana que, como un péndulo ineludible, vuelve a su punto de origen con una puntualidad que ya ni sorprende?
Quizás la verdadera lección de esta mirada premonitoria no sea la inevitabilidad de la hecatombe, sino la persistente fascinación del ser humano por las profecías autocumplidas, especialmente cuando se presentan envueltas en la pátina venerable de la historia. Al fin y al cabo, si algo permanece constante desde 1900 hasta 2026, y me atrevería a decir, hasta el infinito y más allá, es nuestra capacidad para observar el tren descarrilar y, aun así, seguir discutiendo el color de los vagones.
