## El Arte Subtilísimo de la Disyuntiva Gubernamental
En el delicado arte de la gobernanza de coalición, donde la sintonía a menudo es una aspiración más que una realidad palpable, la vicepresidenta segunda ha planteado, con el candor de quien cree en el poder de la palabra, una suerte de ultimátum con pretensiones de reforma estructural. «Cambiar de arriba abajo el Ejecutivo», exigía la señora Díaz, como si el Gabinete actual fuera una pieza de mobiliario de Ikea esperando ser ensamblada con un nuevo manual de instrucciones. Desde Moncloa, sin embargo, la respuesta ha sido, si no un desprecio explícito, sí de una pragmática elegancia que eleva el pulso político a la categoría de alta escuela. Un órdago es, al fin y al cabo, un desafío que exige una respuesta, y esta ha llegado con la precisión de un relojero suizo.
No se ha optado por el regateo habitual, ni por el matiz conciliador que suele suavizar las aristas en las cocinas palaciegas. Moncloa ha decidido simplificar la ecuación con la maestría de quien posee la llave de la mayoría parlamentaria. Si la visión «de arriba abajo» de un socio es tan irreconciliable con la actual «de abajo arriba» (o de donde sea que se perciba la dirección del Gobierno), entonces la elección es eminentemente personal. Un «así no podemos seguir», pronunciado con la solemnidad de quien se sabe en un punto de inflexión, se convierte, con el giro exacto, en un «entonces, usted dirá». La pelota, sorprendentemente, ha vuelto al tejado de la demandante, pero ahora con una etiqueta de «decisión urgente e irreversible».
Este movimiento estratégico, digno de un maestro de ajedrez que no teme sacrificar una pieza menor para asegurar el jaque mate en el largo plazo, deja a la vicepresidenta ante el espejo, no de sus convicciones, sino de sus límites de acción. La Gran Renuncia, o el Gran Silencio. La Moncloa, con admirable serenidad, parece sugerir que la melodía, por muy disonante que parezca a algunos oídos, sigue sonando. Y quien no esté cómodo con el tempo, quizás deba buscar otra orquesta. La fuerza de la costumbre y la inercia del poder son argumentos que, a menudo, pesan más que los más sinceros anhelos de «cambio profundo».
En definitiva, Yolanda Díaz pedía un cambio radical para el Gobierno. Y Moncloa, con una generosidad estratégica notable, le ha ofrecido uno: el de su propia posición en el tablero. Un giro de guion que, sin duda, redefine lo que significa «cambiar el Gobierno de arriba abajo» para cada actor implicado. Especialmente para ella.
