HODIO y la inevitable poesía de la complicación
Se anuncia, con la cadencia de lo ineludible, la llegada de HODIO, una nueva entidad que, según nos informan, «viene a enredar mientras crece el negocio». En un panorama donde la bonanza económica suele ser celebrada por su aparente simplicidad —más transacciones, menos trabas—, esta noticia introduce una singularidad que, para el observador perspicaz, no es sino un axioma. Parece que la prosperidad tiene un eco inherente en la necesidad de su meticulosa supervisión, en la urgencia de dotarla de un andamiaje tan intrincado como sus propias mieles. Es casi una ley natural: a cada brote de negocio, le corresponde una floración burocrática de idéntica magnificencia.
La lógica, tan a menudo vilipendiada por su aspereza, aquí se tiñe de una delicada poética. ¿Cómo permitir que el libre mercado, en su euforia desmedida, opere sin la guía amable y firme de un organismo dedicado a, digamos, «optimizar los protocolos de optimización» o «armonizar las armonías ya existentes»? Sería una irresponsabilidad. HODIO no viene a poner palos en la rueda, ¡Dios nos libre!, sino a asegurar que la rueda, en su afán por girar y generar riqueza, no se desvíe ni un milímetro de una trayectoria que aún no ha sido trazada, pero que, sin duda, HODIO se encargará de definir con exquisita precisión.
Así, mientras los emprendedores se afanan en innovar, crear empleo y satisfacer demandas reales, HODIO desplegará sus alas para dotar a la labor cotidiana de ese punto extra de reflexión, de ese papeleo adicional que, en el fondo, eleva el espíritu humano. Porque, ¿qué hay más edificante que dedicar horas a cumplimentar formularios en un lenguaje críptico, asistir a seminarios donde se discuten los pormenores de normativas futuras, o formar parte de comités cuyo propósito es discernir el misterio ontológico de la propia HODIO? Es un noble esfuerzo por homogeneizar la espontaneidad, por asegurar que el camino hacia el éxito no sea peligrosamente llano.
Quizás el verdadero barómetro de una economía boyante no sea tanto el volumen de sus transacciones, como la sofisticación de los engranajes que se diseñan para (des)encadenarlas. La llegada de HODIO no es un contratiempo, sino una maduración. Es la confirmación de que hemos alcanzado una etapa superior donde el progreso no es solo crecer, sino crecer con un grado de complicación tal que el mero hecho de descifrarlo ya se considera un triunfo en sí mismo. Una sociedad verdaderamente avanzada, después de todo, sabe que el progreso sin un buen laberinto no es más que una línea recta, terriblemente aburrida.
