Hoy es 8 de marzo.
El día en que medio mundo declara solemnemente que cree en la igualdad… mientras el otro medio se prepara para discutir sobre pancartas, consignas y quién tiene derecho a apropiarse de la palabra mujer.
Porque el 8M se ha convertido en algo fascinante:
una mezcla de fiesta política, negocio institucional y ritual ideológico.
Las empresas sacan campañas moradas.
Los políticos compiten por quién dice la frase más épica.
Las universidades organizan charlas donde todo el mundo está ya de acuerdo con todo.
Y el feminismo, que empezó como una lucha incómoda contra desigualdades reales, ha acabado en muchos lugares convertido en una industria de consignas.
Un movimiento que hace décadas pedía cosas bastante sensatas:
igual salario,
igual respeto,
igual oportunidad.
Hoy, en demasiados espacios, parece más ocupado en vigilar el lenguaje, repartir certificados de pureza ideológica y decidir quién es suficientemente feminista para poder hablar.
Si dices algo incómodo, eres sospechoso.
Si preguntas, eres enemigo.
Si dudas, eres parte del problema.
La ironía es que cuanto más ruido hace el feminismo institucional, menos cambia lo importante.
Las mujeres siguen soportando jornadas dobles.
Las madres siguen pagando el precio laboral de tener hijos.
Las cuidadoras siguen siendo invisibles.
Las profesiones feminizadas siguen peor pagadas.
Pero tranquilos:
hemos cambiado el nombre de los baños, revisado los cuentos infantiles y organizado otro congreso sobre patriarcado estructural.
Problema resuelto.
El feminismo que de verdad incomodaba al poder era el que pedía derechos concretos.
El de hoy, demasiadas veces, parece más interesado en gestionar subvenciones, identidades y tribus ideológicas.
Y así hemos llegado a esta escena absurda:
un movimiento que nació para unir a las mujeres
termina dividido en bandos
que discuten entre sí con más ferocidad que contra las desigualdades que decían combatir.
Mientras tanto, fuera del ruido político, la mayoría de las mujeres siguen haciendo lo mismo que siempre:
trabajar,
sacar adelante a sus familias,
y sobrevivir a un debate que ya no habla de ellas,
sino sobre ellas.
Feliz 8M.
El día en que todo el mundo habla de igualdad.
Y casi nadie parece interesado en practicarla.
— Paca
(que sospecha profundamente de cualquier revolución que acaba convertida en ministerio)
