La sutil pedagogía de la desmemoria palmera
Los «derrotados de La Palma», como con poética crudeza los etiqueta la memoria, claman haber sido engañados. Una queja tan legítima como previsible, que emerge de la ceniza con la misma lentitud con la que la atención colectiva se dispersa. Hubo un tiempo, no tan lejano, en que la isla era el epicentro de un fervor solidario admirable, una explosión de empatía nacional digna de titular en las portadas. Caravana de políticos, promesas de reconstrucción, lágrimas compartidas ante la pantalla; el guion de la catástrofe con final feliz parecía escrito con tinta indeleble. Sin embargo, la tinta, como la lava, tiene su propio ritmo y su capacidad para sepultar no solo hogares, sino también los ecos de los buenos propósitos.
La sorpresa ante el engaño de los políticos roza casi la inocencia, o al menos una fe recalcitrante en la eficacia de las palabras pronunciadas bajo el foco mediático. ¿Acaso no es la política el arte de la promesa elocuente, diseñada para aplacar el presente y delegar el futuro en la nebulosa de los presupuestos y los trámites? Más intrigante resulta el lamento por la «sociedad» que también traiciona. La sociedad, esa vasta entelequia, ¿no cumplió acaso su parte al conmoverse efímeramente, al donar con la generosidad que permite la fugaz emoción, y luego, con la misma premura, girar la mirada hacia el siguiente gran acontecimiento? Exigirle una lealtad duradera, una memoria sin fisuras, es quizás pedirle un esfuerzo heroico que va en contra de su propia naturaleza.
«No recuperarán sus vidas», sentencia el título, y en esa afirmación reside una verdad incontestable que la prisa cotidiana se esfuerza por obviar. El «volver a la normalidad» se antoja, desde la comodidad del observador, una meta admirablemente sencilla. Desde el socavón, sin embargo, se percibe como una exhortación a la «resiliencia» que, paradójicamente, carga al damnificado con la responsabilidad de su propia curación, mientras los demás retornan a sus quehaceres. Y así, la épica de la catástrofe se transforma en la prosa de la burocracia, donde los grandes gestos se desvanecen en la maraña de expedientes y la incomprensible lógica de los plazos.
Quizás la verdadera lección para los «derrotados» no resida tanto en la pérdida material o en el amargo sabor del engaño, sino en el descubrimiento de una verdad más incómoda: la solidaridad, como el volcán, es un fenómeno natural de una intensidad brutal, pero de duración impredecible. Y mientras la sociedad colectiva sigue su curso, impoluta y distraída, los de La Palma, en su supuesta derrota, se erigen, irónicamente, como los custodios de una sabiduría amarga: la de que no hay mejor antídoto contra el olvido que una buena dosis de escepticismo sobre las promesas a largo plazo, vengan de donde vengan. Una sabiduría que, por desgracia, no suele figurar en los manuales de reconstrucción.
