Hoy es 14 de febrero, el día en que el amor pasa auditoría pública. No basta con sentir; hay que demostrar. No basta con convivir; hay que fotografiar. Si no hay flores, cena y publicación estratégica, el vínculo queda bajo sospecha. El amor, como cualquier producto serio, exige campaña de marketing.
Las parejas que llevan meses hablando solo de facturas hoy intercambian frases que suenan a eslogan. Los que duermen de espaldas se giran —al menos para la foto—. Los que no se tocan en todo el año hoy se regalan piel perfumada. Porque el calendario obliga a recordar lo que se ha ido dejando morir con disciplina doméstica.
El negocio es brillante: convertir la culpa en consumo. Si no has cuidado el vínculo, compra. Si no escuchas, reserva mesa. Si no sabes qué decir, entrega una caja roja. La economía sentimental funciona mejor cuando se apoya en la inseguridad crónica: “¿y si no hago nada y piensa que no le quiero?”. Nada dinamiza tanto el PIB como el miedo al abandono.
Mientras tanto, las redes sociales se llenan de parejas que proclaman eternidad con filtros cálidos y frases recicladas. El amor real —ese que sobrevive a los martes aburridos y a las discusiones sin glamour— no suele ser tan fotogénico. Pero eso no vende. Vende el gesto espectacular, no la coherencia diaria.
Lo más incómodo no es la cena inflada ni las flores de precio obsceno. Lo incómodo es la pregunta que nadie formula: ¿por qué necesitamos un recordatorio comercial para tratarnos con ternura? Si el afecto depende de una fecha marcada por grandes almacenes, quizá el problema no sea el calendario, sino la relación.
Mañana volverá el silencio estratégico, el cansancio acumulado y la conversación pendiente que lleva años esperando. El amor no se rompe por falta de rosas; se erosiona por falta de verdad. Pero eso no cabe en una caja en forma de corazón. Y además, no admite pago a plazos.
