El Pulso del Gigante y Nuestra Eterna Preparación
Las entrañas del Teide han vuelto a emitir su particular sinfonía, una melodía que, lejos de ser discordante, es para muchos el eco de la propia identidad canaria. Las señales sísmicas, esos pequeños rubores en la faz del gigante dormido, han tenido el admirable efecto de «reactivar la prevención». Mientras, las autoridades, con el aplomo que les caracteriza, nos invitan a la calma con un mantra ya casi telúrico: «Somos islas volcánicas, estamos preparados». Una afirmación rotunda que, en su concisión, destila una tranquilidad que roza lo poético, especialmente cuando es la propia «reactivación» la que nos recuerda que la preparación no es un estado perenne, sino una suerte de estado latente que espera su momento para resurgir.
La declaración es, en su esencia, impecable. ¿Qué significa, no obstante, estar «preparado» en un archipiélago que vive sobre un respiradero geológico de belleza incomparable? ¿Es la preparación un estado constante, un flujo ininterrumpido de simulacros y concienciación, o es más bien un botón que se pulsa con cierto nerviosismo cuando el volcán decide recordar su existencia con un suave cosquilleo en la corteza terrestre? Quizás nuestra «preparación» reside en una suerte de memoria ancestral, un conocimiento intuitivo de que la paciencia es la madre de todas las ciencias, especialmente cuando la ciencia en cuestión tiene forma de cono majestuoso.
Y la calma. Ah, la calma. Un bien preciado, sin duda, en tiempos de sobresaltos telúricos. Pero uno no puede evitar preguntarse si esa calma es el resultado de una confianza ciega en protocolos infalibles o si es, más bien, una invitación a la resignación elegante. Como si el mero hecho de existir sobre lava solidificada nos confiriera una inmunidad tácita a sus eventuales caprichos. Las islas, en su magnificencia, nos enseñan a bailar al son de sus profundidades, aunque a veces el ritmo nos pille con el plan de evacuación guardado en un cajón olvidado.
Así pues, mientras el Teide continúa su silenciosa conversación con el centro de la Tierra, nosotros, los habitantes de estas prodigiosas rocas emergiendo del Atlántico, podemos dormir tranquilos. Sabemos que estamos preparados. Tan preparados, de hecho, que solo necesitamos que la montaña nos dé un pequeño aviso –o dos, o tres– para recordar cómo se activa el mecanismo de la prevención. Un sistema envidiable, sin duda, donde la naturaleza misma es el despertador oficial.
