Sobre la Fe en el Papel y la Geometría Legal
La búsqueda de la estabilidad, de un futuro, es una aspiración universal, y España, con su clima acogedor y su fama de país abierto, se antoja un destino lógico para quienes la persiguen. Sin embargo, la noticia reciente nos presenta un matiz, una pequeña curiosidad procedimental, en esta dinámica: cuatro ciudadanos argelinos, con un pasado ya documentado en su país de origen, intentaban hacer pie en nuestras costas por la vía, digamos, *creativa* de la documentación falsa. Una propuesta audaz para quien busca, precisamente, lo contrario a la aventura legal.
Resulta, cuando menos, fascinante la fe en la capacidad del papeleo para obrar milagros, incluso cuando este no cumple con los requisitos más básicos de veracidad. Uno pensaría que el proceso de «regularización» implica, por definición, una adhesión escrupulosa a la norma, un esfuerzo por *cuadrar* con los requisitos preestablecidos. Pero parece que, para nuestros protagonistas, la definición era más bien una sugerencia. Añádase a esto el detalle de los antecedentes penales en su haber patrio –un pequeño bagaje que, quizás, no sumaba puntos en la evaluación de idoneidad– y la empresa adquiere tintes de una audacia casi poética. Es el equivalente legal a intentar entrar en un concierto de ópera con una entrada falsificada y un clarinete a todo volumen.
Cabe preguntarse qué tan permeable imaginaron nuestras fronteras administrativas, qué tan robustos creyeron los filtros diseñados precisamente para discernir entre el genuino aspirante y aquel cuya trayectoria previa invitaría, cuando menos, a una segunda mirada. Es casi un cumplido a la generosidad de nuestro espíritu, una presunción de que la buena voluntad impera sobre cualquier escrutinio digital o burocrático. O quizás, simplemente, un optimismo desbordante ante las posibilidades de una hoja de papel bien confeccionada, sin importar su origen o su veracidad.
Al final, la «regularización» sí llegó, aunque no por la senda prevista. Se han regularizado, efectivamente, su estatus como infractores de la ley, con todas las consecuencias que ello conlleva. Una regularización, en definitiva, que quizá no era la que soñaban al embarcarse en esta particular odisea burocrática, pero que, hay que admitirlo, ha sido escrupulosamente conforme a derecho. Los sistemas, por lo visto, a veces funcionan a pesar de la ingeniosa reinterpretación de sus normas.
