Leonardo y la Curiosa Nueva Normalidad del Gran Impacto
Leonardo, un nombre que evoca genio, arte renacentista y visiones adelantadas a su tiempo, nos lo encontramos ahora en titulares de prensa, no en la pinacoteca, sino en la sección de meteorología. «Leonardo», la sexta borrasca «de gran impacto» de un año que apenas despunta en este 2026, ha puesto a siete comunidades en alerta. Es curioso cómo la naturaleza, en su infinita sabiduría, parece haber decidido inspirarse en la grandeza humana para sus propios espectáculos, asignando nombres de ilustres figuras a sus más contundentes despliegues. La sexta de «gran impacto» –no una simple borrasca, nótese la distinción categórica– nos invita a reflexionar sobre la que, suponemos, es la nueva normalidad climatológica.
La jerarquía de los fenómenos atmosféricos ha alcanzado, sin duda, cotas de sofisticación dignas de estudio. Ya no basta con «fuerte viento» o «lluvia intensa»; hemos evolucionado hacia un sistema de clasificación que eleva el mero mal tiempo a la categoría de evento con mayúsculas. De «fuerte» pasamos a «muy fuerte», y de ahí, directamente al «gran impacto», una etiqueta que, como los sellos de calidad en el vino, garantiza una experiencia memorable, aunque sea por la vía del inconveniente generalizado. Nuestra sociedad, ávida de narrativas y clasificaciones, encuentra en estas categorizaciones un drama bien estructurado. El ciudadano medio, entre la resignación y una curiosa expectación, asume que su agenda estará, una vez más, supeditada a los caprichos de las isobaras, ahora con nombre y apellido.
Es de alabar, en cierto modo, esta personalización de la meteorología. Las borrascas, con sus vientos y sus aguas, son tan antiguas como el tiempo y tan recurrentes como las estaciones. Pero nunca antes habíamos invitado a estos fenómenos a nuestro salón con tanta formalidad, asignándoles nombres propios y un grado de «impacto» que parece salido de un catálogo de eventos corporativos. Como si al ponerle rostro y asignar un grado de «impacto» se les domesticara de alguna manera, o al menos se les entendiera mejor en la tabla de contenidos del desastre anual. Es una manera, quizá, de ejercer cierto control psicológico sobre lo incontrolable, o de dotar de una épica necesaria a lo que, en otras épocas, simplemente se conocía como «un día de perros».
Así pues, con Leonardo marcando la sexta entrada en el anuario de borrascas de gran impacto, este 2026 se perfila como un año de intensa actividad, no solo meteorológica, sino también onomástica. Quizá la verdadera obra maestra no sea la de un genio renacentista, sino la de una humanidad que, con cada nueva alerta, refina su capacidad de convivir con lo inevitable, otorgándole, eso sí, el debido pedigrí. Esperemos que el próximo «gran impacto» tenga un nombre igual de ilustre; quizá un «Rembrandt» nos traiga lluvias persistentes o un «Miguel Ángel» nos sorprenda con un viento huracanado esculpiendo el paisaje. Al menos, tendremos algo de qué hablar mientras nos resguardamos.
