No es que el mundo esté cambiando.
Es que ha decidido seguir adelante sin pedirnos permiso.
Durante siglos se nos repitió que éramos protagonistas: que elegir importaba, que la voluntad tenía peso, que cada decisión individual empujaba la historia un milímetro hacia un lugar u otro. Hoy esa idea suena casi infantil. No porque hayamos dejado de pensar o de sentir, sino porque el margen se ha estrechado hasta volverse invisible.
El mundo se mueve rápido, pero no hacia adelante: se mueve por inercia. Las decisiones ya están tomadas cuando nos enteramos. Los sistemas económicos, tecnológicos y políticos no nos consultan; nos notifican. Y lo hacen con un lenguaje amable, optimizado, eficiente… pero irrevocable.
Puedes elegir el color del icono, no el sistema.
Puedes opinar, no decidir.
Puedes adaptarte, no influir.
Nos hablan de libertad como si fuera un producto configurable, cuando en realidad se parece cada vez más a un menú cerrado. Trabajas para sostener estructuras que no entiendes del todo, consumes para aliviar el cansancio que ellas mismas producen y votas con la vaga esperanza de que algo, mínimamente, cambie. Pero el mecanismo ya está en marcha. Y no se detiene por una objeción ética ni por una vida concreta.
La singularidad —esa idea de ser alguien irrepetible— se tolera solo mientras no estorbe. Mientras seas funcional, predecible, sustituible. Cuando dudas, cuando frenas, cuando decides no correr… empiezas a sobrar. El sistema no te castiga: simplemente te ignora. Y esa indiferencia es mucho más fría que la violencia.
Nos dicen que todo es inevitable. Que es el progreso. Que no hay alternativa. Y lo más perverso es que, en parte, tienen razón. No porque sea verdad, sino porque no tenemos palancas reales. No podemos cambiar el rumbo global, ni frenar la maquinaria, ni elegir un mundo distinto sin pagar un precio personal enorme.
Así que aprendemos a sobrevivir en pequeño.
A cuidar gestos mínimos.
A proteger espacios íntimos.
A resistir sin épica.
El problema no es que el mundo vaya mal.
El problema es que ya no nos necesita.
Y aun así —quizá por pura dignidad— seguimos intentando vivir con sentido, amar con honestidad, pensar con profundidad. No porque vaya a cambiar nada ahí fuera, sino porque rendirse del todo sería aceptar que ya somos solo una pieza más.
Tal vez no podamos elegir el mundo.
Pero todavía podemos elegir no convertirnos en él.
