La Generosa Carga de la Libertad: Venezuela Bajo Nueva Gestión
La noticia que nos llega desde Caracas, fechada en un futuro que a menudo parece más predecible de lo deseable, posee una cualidad casi poética en su resolución: la captura de Nicolás Maduro y el anuncio, sin ambages, de que Estados Unidos asumirá las riendas de Venezuela. Es la clase de eficiencia que solo se espera de un guion de Hollywood, o quizás de una mente que ha simplificado en exceso las complejidades geopolíticas. La situación, tan espinosa y prolongada, parece haber encontrado su bisturí definitivo. Un gesto que, sin duda, ahorrará a la diplomacia los tediosos vaivenes de la negociación y a la población los caprichos de la autodeterminación.
Porque asumir la gestión de una nación entera, con sus crisis económicas, sociales y humanitarias profundamente arraigadas, no es un acto menor; es un despliegue de generosidad burocrática sin precedentes. Uno no puede evitar sentir una punzada de admiración por la confianza implícita en tal declaración. ¿Quién, si no un ente con un historial impecable en la construcción de naciones y una profunda comprensión de las idiosincrasias locales, podría embarcarse en semejante empresa con tal aplomo? Es una solución de tipo «llave en mano», donde los problemas se disipan no por consenso interno o evolución cívica, sino por la mera presencia de un nuevo administrador. Los ciudadanos venezolanos, al fin, podrán descansar tranquilos, sabiendo que su futuro está en manos de quien sabe lo que es mejor para ellos.
La historia, es cierto, ofrece algunos ejemplos de intervenciones bienintencionadas que, contra todo pronóstico, no culminaron en jardines del Edén. Pero presumiblemente, el equipo a cargo de esta nueva y audaz iniciativa ha revisado los manuales, aprendiendo de los pormenores de Irak, Afganistán, o incluso de las gestiones anteriores en este mismo continente. Esta vez, la fórmula será distinta, perfeccionada, y seguramente incluirá un plan de contingencia para las inevitables sorpresas que depara la administración de un país ajeno. Al fin y al cabo, ¿qué es la soberanía sino un obstáculo administrativo para la buena gobernanza universal?
Así pues, mientras los titulares celebran la eficacia de esta nueva forma de «asistencia», uno no puede evitar preguntarse qué nación será la siguiente en beneficiarse de esta peculiar demostración de hospitalidad internacional. Quizás, incluso, la propia Venezuela, en unas décadas, requiera nuevamente de una «intervención» similar para «rectificar» los desequilibrios creados por esta primera incursión. Porque la libertad, como bien sabemos, es una carga pesada que a menudo necesita ser impuesta una y otra vez.
