La Pulcra Desesperación de Majadahonda
En el idílico telón de fondo de Majadahonda, ese oasis de prosperidad y buenas intenciones que salpica el noroeste madrileño, ha irrumpido una noticia con la delicadeza de un chirrido metálico. Una joven de 18 años, de origen hondureño, ha sido detenida. ¿El motivo? El hallazgo de un bebé sin vida, arrojado, con una pasmosa simplicidad, en un contenedor de residuos. El titular, escueto y aséptico, describe cómo ella misma «había abortado y tirado al bebé». Una frase que, por su brevedad, parece encapsular la cumbre de la desesperación moderna y la elocuencia de un sistema que, a veces, sabe mirar para otro lado con una eficacia admirable.
Resulta casi poético, en su cruda ironía, que la joven acudiera después al Hospital Puerta de Hierro. Un baluarte de la medicina moderna, donde la vida se salva y se gestiona con la más avanzada tecnología, y donde, sin duda, existen protocolos, folletos y campañas enteras dedicadas a la salud reproductiva, la maternidad y el soporte social. Pero, claro, esos recursos están pensados para ser utilizados *antes* de que el epílogo se escriba con el frío plástico de un contenedor. Parece ser que entre el acceso a la información y la posibilidad real de utilizarla, todavía existe un abismo que algunas vidas, por más que vivamos en el siglo XXI, cruzan en una soledad que asusta.
Así que aquí estamos, con la joven detenida y el bebé muerto, convertidos en una nota discordante en el impecable paisaje de la modernidad. Nos permite, a quienes habitamos este rincón del mundo donde los debates sobre la conciliación familiar y los derechos reproductivos suelen ser apasionados, un breve instante de reflexión. Un momento para preguntarnos cómo es posible que, en una sociedad tan escrupulosa con los detalles de la sostenibilidad y el reciclaje, una vida humana pueda ser despachada con la misma suerte que los restos orgánicos de una cena.
Quizá el verdadero escándalo no resida tanto en el acto desesperado de una persona, sino en la serenidad con la que nuestra ilustrada sociedad aún puede permitirse el lujo de generar las condiciones para que una vida incipiente, y la desesperación de otra, terminen arrojadas en un contenedor de Majadahonda, esperando que la discreción del camión de la basura se encargue de borrar la huella. Después de todo, el progreso consiste en que los problemas se resuelvan de la forma más higiénica posible.
