El dulce refugio del no-conflicto: Una oda a la literatura de mantita y chocolate
Es un placer, en estos tiempos de vertiginosa complejidad, anunciar el advenimiento de una de las tendencias más reconfortantes y, atrévanse a decir, *valientes* de nuestro panorama cultural: el triunfo rotundo de la «cozy fiction». Gracias, o quizá por culpa, de la implacable máquina de tendencias de TikTok, hemos descubierto la panacea literaria, esa que nos permite refugiarnos del caos vital con la misma devoción que un gato se rinde a una manta cálida. Personajes afables, escenarios idílicos y, lo más revolucionario de todo, la audaz decisión de omitir conflictos significativos. Es una liberación, ciertamente, para aquellos que consideran la confrontación (incluso en ficción) un gasto innecesario de energía emocional.
Uno podría argumentar que la literatura, a lo largo de los siglos, ha sido un espejo inclemente de la condición humana, una arena donde las pasiones chocan y las verdades incómodas emergen. Pero, ¿para qué tanto ajetreo? ¿Por qué exigir a un lector que confronte sus propios miedos o los del mundo exterior cuando puede sumergirse en un universo donde la mayor intriga es averiguar si el pastel se horneó correctamente o si la pareja protagonista se atreverá, por fin, a darse la mano? Es una proeza intelectual digna de aplauso, la de construir mundos tan deliciosamente insípidos que la mente se siente completamente a salvo, ajena a cualquier arruga del pensamiento profundo.
Este nuevo canon, perfectamente maridado con chocolate caliente y una mantita suave, nos ofrece la dulce promesa de la previsibilidad. Ya no hay que temer el giro inesperado, la traición desgarradora o la injusticia flagrante; todo es un remanso de paz donde la única urgencia es la de pasar la página para asegurar que la afabilidad continúe. Es la lectura reducida a su esencia más pura: la evasión sin esfuerzo, la ensoñación programada, un bálsamo para el alma fatigada de existir en un mundo que insiste, tozudamente, en tener problemas.
Así que sí, celebremos el triunfo de la «cozy fiction». No es solo un género; es una filosofía de vida. Una que nos enseña que el mayor logro de la imaginación no es forjar puentes hacia lo desconocido o explorar los abismos del alma, sino construir muros acolchados alrededor de la propia conciencia. El verdadero éxito, al parecer, reside en el arte de leer sin que nada perturbe la digestión de nuestra última taza de cacao, liberándonos, por fin, de la molesta obligación de sentir o, peor aún, de *pensar* demasiado.
