## La Expedición del Expediente: O de cómo la verdad se esconde a plena vista
La noticia de que la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil ha tenido que personarse en sedes tan dispares como Correos y las entrañas de los ministerios de Hacienda y Transición Ecológica en busca de expedientes de contratación pública, casi nos invita a creer que estamos asistiendo a una sofisticada gymkhana administrativa. En un siglo donde la información aspira a la inmediatez de la fibra óptica, donde el dato es rey y la transparencia un mantra repetido en cada comparecencia, ver a agentes especializados emulando una suerte de arqueólogos burocráticos, es una imagen que, por su anacronismo, no deja de tener un encanto particular. Como si los contratos de la Dirección General de Política Energética y Minas, o los de Patrimonio del Estado, fueran pergaminos incunables celosamente guardados tras trampillas secretas.
Uno casi se imagina la escena: los agentes, con su metódica paciencia, escudriñando archivadores polvorientos, desentrañando laberintos de referencias cruzadas y, quizás, enfrentándose a la legendaria dificultad de encontrar un documento extraviado en los dominios de la administración. No se trata de un código secreto ni de una fórmula esotérica, sino de simples papeles —o archivos digitales, ¡quién sabe!— que detallan cómo se gasta el dinero de todos. Es fascinante cómo, en la era de la digitalización forzosa y el acceso universal, la verdad sobre ciertas transacciones públicas parece requerir todavía de una expedición física, como si los servidores se hubieran cansado de custodiar secretos y hubieran delegado la tarea en el viejo papel, mucho más discreto y maleable.
La ironía no reside tanto en la búsqueda en sí, sino en la necesidad de ella. ¿Podríamos acaso intuir que la gestión pública, en ocasiones, no es un dechado de fluidez y accesibilidad? Que el camino hacia la información más elemental sobre cómo se asignan recursos vitales —ya sea para infraestructuras, energía o la salvaguarda de nuestro patrimonio— a veces se asemeja más a la trama de un misterio que a una mera consulta en un portal de transparencia. Esta incursión de la UCO, casi un «Indiana Jones y la factura perdida», nos recuerda que, a pesar de los avances y las buenas intenciones, el subsuelo de la burocracia sigue siendo un terreno fértil para el asombro.
Y es que, al final, la verdadera sorpresa no sería lo que eventualmente encuentren, sino la confirmación de que tales expediciones son aún una parte fundamental de la gobernanza. Quizás el hallazgo más significativo no sea un contrato singular, sino el persistente rastro de polvo que revela la complejidad de encontrar, a plena luz del día y en despachos oficiales, lo que por definición debería estar accesible con la pulsación de un botón. Una metáfora, sin duda, de que la transparencia, como el buen vino, a veces necesita de un largo y paciente proceso de decantación.
