## El Arte de la Proporción y la Incomodidad
En el siempre efervescente hemiciclo de la política nacional, donde las verdades rara vez son desnudas y las medias tintas son divisa corriente, presenciamos hace un tiempo un intercambio que, por su sutiliza y su inherente comicidad, merecería ser canonizado en el manual de retórica parlamentaria. Por un lado, Pablo Iglesias, con esa afición tan suya por lo directo, se dedicaba a enumerar –con una minuciosidad que algunos podrían considerar excesiva– una serie de episodios desafortunados que salpicaban las siglas del partido en el gobierno. Nombres, lugares, presuntos desfalcos; la lista, hay que admitirlo, no era precisamente un brindis al sol.
Frente a esta especie de inventario de infortunios, Mariano Rajoy, con la templanza y la perspectiva que solo la experiencia otorga, instaba a su interlocutor a no caer en la tentación de la hipérbole. «No magnificar», esa fue la sabia recomendación, un consejo que, en su aparente simplicidad, encierra una profunda filosofía. Porque, ¿qué es la magnificación sino una distorsión innecesaria de la realidad? ¿Acaso es conveniente detenerse en cada detalle, por escabroso que sea, cuando la mirada de estadista exige una visión de conjunto, una panorámica que trascienda la anécdota? Los casos de Murcia, La Rioja o la infortunada peripecia de Soria no eran, al parecer, más que pequeñas notas a pie de página en la gran novela de la gobernanza.
Uno no puede evitar sentir una punzada de empatía por el dilema presidencial. Es natural que, ante un cuadro con múltiples motas, uno prefiera centrarse en los trazos gruesos y en la perspectiva general. ¿Para qué insistir en las manchas, si la intención del artista era otra? La solicitud de no «magnificar» invita a una suerte de ejercicio de óptica política: ajustar el enfoque, alejar la lente, y tal vez, con un poco de suerte y buena voluntad, los contornos de lo que parecían graves problemas se difuminen en un horizonte más amable, o al menos, menos ruidoso. Después de todo, el constante recordatorio de las imperfecciones de la gestión puede resultar, además de fatigoso, francamente descortés.
Así pues, el presidente Rajoy, con su calma característica, nos ofrecía una lección invaluable: a veces, la solución no reside en eliminar el problema, sino en ajustar la percepción de este. En un mundo saturado de información y de una insistencia casi obsesiva por la transparencia, una dosis de sano desapego, de la elegante invitación a no magnificar, podría ser el antídoto. Quién sabe, quizás la verdadera maestría no radique en la capacidad de reducir el tamaño de lo que se observa, sino en la audacia de pedir que otros no lo hagan, dejando el arte de la proporción en manos de quien mejor sabe manejarla.
