## La virtud de la paciencia, o el arte de la inercia fiscal
La aprobación en el Congreso de los Diputados de la prórroga de Verifactu, esa promesa de modernización fiscal que nos ha tenido en vilo, es, en sí misma, una noticia que podría despachar un suspiro de alivio colectivo entre pymes y autónomos. Un aplazamiento, después de todo, siempre parece un respiro en el siempre vertiginoso calendario de obligaciones tributarias. La Agencia Tributaria, en un gesto que podría interpretarse como magnánimo —o quizás, simplemente, reflexivo—, ha decidido recalibrar sus criterios, otorgando un nuevo margen a quienes aún no habían saltado al carro de la digitalización obligatoria.
Sin embargo, el dulce sabor de la prórroga adquiere un matiz particular para aquellos que, con la diligencia que el sistema siempre parece premiar, se habían ajustado ya a la normativa. Es decir, para esas pymes y autónomos que, anticipándose a la fecha límite, invirtieron tiempo, recursos y, no nos engañemos, una buena dosis de paciencia en adecuar sus sistemas y procesos a las exigencias de Verifactu. Para ellos, la noticia de que la AEAT ha cambiado sus criterios una vez que ya se habían puesto al día debe tener un eco curioso, casi poético. Una especie de «felicitaciones por su iniciativa… lástima que fuera un poco prematura».
La situación nos invita a reflexionar sobre la naturaleza misma de la planificación en un entorno regulatorio dinámico. ¿Es la diligencia una virtud o un mero ejercicio de anticipación que, de tanto anticipar, a veces se extralimita? Quienes se apresuraron a cumplir, ahora observan cómo aquellos que optaron por una postura más… diríamos, *contemplativa*, disfrutan de una extensión inesperada. Una lección sutil sobre los méritos de la inercia, o quizás, sobre el arte de esperar a que el polvo se asiente antes de embarcarse en costosas transformaciones.
Al final, este episodio de Verifactu nos deja una valiosa enseñanza. No se trata solo de la adaptación constante a un marco legal en perpetua revisión, sino de la sutil ciencia de adivinar el *momentum* perfecto. Porque en el intrincado ballet de la burocracia, el verdadero arte no reside en adaptarse, sino en adivinar cuándo *no* hay que hacerlo, o al menos, cuándo es mejor tomar asiento y observar cómo los demás dan los primeros pasos. Un brindis, pues, por la previsión… y por la fortuita desidia.
