## La Magia Algorítmica de Disney: Un Nuevo Capítulo en el País de Nunca Jamás
Disney, ese faro perenne de la imaginación y la factoría de sueños que ha definido la infancia de generaciones, ha decidido que, para seguir iluminando el camino, es hora de encender unas cuantas luces LED controladas por algoritmos. Con una inversión de 858 millones de dólares en OpenAI, la compañía de Mickey Mouse, Minnie y toda la constelación de héroes y villanos animados, se prepara para un futuro donde la chispa creativa podría ser, al menos en parte, una función de un modelo de lenguaje bien entrenado.
La noticia no es solo que se ha abierto la billetera, sino que el objetivo es permitir que la inteligencia artificial genere vídeos con los personajes animados más famosos de su catálogo. Desde el ratón original hasta las princesas clásicas, pasando por los habitantes de Monstruópolis, el cuartel general de los Vengadores y la galaxia muy, muy lejana, todos están listos para ser reanimados –o, quizás, auto-animados– por un cerebro artificial. Es una expansión natural, quizá, de sus ya prolíficas biografías, que ahora podrán contar con innumerables epílogos y aventuras generadas en el acto, sin las molestias inherentes al factor humano como los bloqueos creativos o la necesidad de un salario emocional.
Uno podría preguntarse qué nuevos horizontes narrativos se abrirán cuando la pluma y el pincel sean reemplazados por un *prompt* bien hilado. ¿Veremos a Cenicienta gestionando un startup tecnológico? ¿A Simba como gurú de autoayuda en la sabana? La promesa es una eficiencia sin precedentes y una avalancha de contenido que mantendrá a los más jóvenes (y no tan jóvenes) pegados a sus pantallas, disfrutando de relatos que, aunque carezcan del sudor y las noches en vela de un animador, seguramente cumplirán con todas las métricas de engagement. La «magia» de Disney, antaño tejida con hilos de inspiración y sudor, se prepara para ser producida en serie por el procesador más potente.
Así, mientras los artistas tradicionales revisan sus currículums, Disney nos invita a soñar con un futuro donde la creatividad es infinita y los costes, o al menos los de la mano de obra, se optimizan hasta el último bit. Quién sabe, quizás en unos años la «chispa» de Pixar se convierta en una función optimizada de TensorFlow, y el «toque» de Disney sea simplemente el resultado de un algoritmo que ha aprendido a emular a Walt. La verdadera magia, después de todo, no reside en el número de píxeles generados, sino en el suspiro colectivo de asombro que provoca. Y ese, por el momento, aún requiere un corazón humano para ser sentido.
