Elogio a la Lentitud Programada: Cuando el Ferrocarril Abraza la Filosofía Zen
La noticia de que la red ferroviaria española sumará 48 nuevas limitaciones de velocidad la semana próxima, elevando el cómputo total a rozar los mil puntos críticos, ha generado, para algunos, una cierta inquietud. Sin embargo, permítanme disentir con la perspectiva catastrofista y proponer una lectura más… contemplativa. La afirmación de que «nunca habíamos visto nada así» cobra, bajo esta óptica, un nuevo y profundo significado, invitándonos a una disquisición sobre el progreso y la quietud.
Quizás lo que Adif y Renfe nos están ofreciendo no es una deficiencia, sino una vanguardista propuesta de «slow travel» a escala nacional. En una era obsesionada con la inmediatez y el rendimiento milimétrico, la red ferroviaria se erige como un baluarte contra la tiranía del reloj. Cada nueva limitación de velocidad no es un obstáculo, sino una invitación velada a la reflexión, a la pausa; un regalo de minutos extra para observar el paisaje —con sus molinos, sus encinas, sus naves industriales— desde una perspectiva menos febril, más paisajística. Es la democratización de la meditación sobre raíles.
Los casi mil puntos críticos, lejos de ser zonas problemáticas, bien podrían ser rebautizados como «estaciones de introspección» o «corredores de serenidad». Pensemos en ello: ¿acaso no es más poético atravesar una infraestructura envejecida con una cadencia casi zen, que zumbando a 300 km/h sin apenas percibir el mundo exterior? El viaje deja de ser un mero tránsito para convertirse en una experiencia inmersiva, una lección práctica de resiliencia y paciencia colectiva. Es una filosofía de viaje que abraza la contingencia y celebra el aquí y ahora, por muy lento que sea.
Así, cuando la totalidad del sistema ferroviario opere en una cadencia que invite a la lectura de novelas extensas o, quizás, a la escritura de memorias completas durante un trayecto interurbano, entenderemos que, verdaderamente, nunca habíamos visto nada así. Y lo celebraremos, imagino, con un bostezo largo y satisfecho, conscientes de haber recuperado un tiempo precioso que creíamos perdido en la espiral de la alta velocidad. La red no ralentiza, simplemente nos enseña a vivir. Lentamente.
