Se observa con curiosa frecuencia cómo ciertas ideas, ciertas figuras, o incluso ciertas primeras frases, parecen ocupar un espacio privilegiado en nuestra arquitectura mental. No es una cuestión de verdad inquebrantable, por supuesto, sino más bien de una suerte de posesión inicial, silenciosamente otorgada, que confiere a lo primero que llega una ventaja casi unfair en el complejo tribunal de nuestras percepciones. Como el invitado que llega temprano a una cena y se acomoda en el mejor sillón antes de que los demás consideren siquiera dónde sentarse.
Resulta, en efecto, fascinante constatar la tenacidad con la que esta primera impronta se aferra. La información subsiguiente, por más meticulosa, por más contundente o por más matizada que sea, a menudo se encuentra en una desventaja inherente. Ha de luchar contra una posición ya establecida, contra un boceto inicial que la mente, con una eficiencia envidiable, ya ha comenzado a colorear. Uno podría pensar en la crítica inicial de una obra de arte o la primera anécdota que se cuenta de un personaje público; tienen una resonancia que pocos desmentidos o elaboraciones posteriores logran igualar.
Es una economía cognitiva singular, sin duda. Ante la vorágine de lo nuevo, la mente parece preferir la solidez de una primera versión a la extenuante labor de la reevaluación constante. Una vez que se ha plantado la semilla de una idea, ya sea sobre la fiabilidad de un nuevo sistema o la honestidad de un colega, la labor de desmalezar se vuelve considerablemente más ardua que la de simplemente dejar crecer lo que primero germinó. No es un juicio moral, sino una observación sobre la ingeniosa ingeniería de nuestro procesamiento de datos.
Y así, navegamos nuestras realidades, a menudo sin reparar en el silencioso arquitecto de nuestras convicciones más arraigadas. Esta tendencia, lejos de ser un mero capricho, podría ser interpretada como una adaptación, un atajo para manejar la abrumadora complejidad del mundo. Nos ahorra el fatigoso esfuerzo de reconsiderar cada pieza de información, cada primer encuentro, cada titular. Una eficiencia que, a veces, nos permite aferrarnos con una vehemencia admirable a aquello que, si nos hubiéramos dado el lujo de empezar de nuevo, quizá nunca habría sido nuestro primer pensamiento.
De modo que, si algún día nos encontramos defendiendo con particular ahínco una postura o una persona, quizás valga la pena detenerse un instante. No para cuestionar la validez de nuestra convicción, por supuesto; eso sería demasiado agotador. Sino simplemente para apreciar la sofisticada arquitectura de nuestra memoria, que tan elegantemente privilegia el acto de la siembra sobre la complejidad de la cosecha. Después de todo, el principio de todo, si se observa bien, siempre parece tener un encanto particular.
