## La Esencia Inmaterial y el Dilema de la Paternidad Sonora
El eco de la sabiduría flamenca ha resonado una vez más, esta vez a través de la venerable voz de José Mercé, quien, con la pátina que solo años de escenario y jondura pueden conferir, ha ofrecido su particular matiz sobre el fenómeno Rosalía. Tras concederle, con generosa amplitud, la etiqueta de «gran talento», el superventas del género ha procedido a una puntualización de esas que invitan a la reflexión: mucho de lo que se celebra hoy en el nuevo flamenco, y en particular en la propuesta de la artista catalana, ya habitaba en sus cantes pretéritos. Una suerte de gentil recordatorio, sin aspavientos, de que la historia, a menudo, tiene más curvas de las que la prisa mediática quiere reconocer.
La intervención del maestro no se detiene ahí, sino que se aventura en la siempre delicada tarea de trazar fronteras sonoras. La fusión, sí, pero hasta un límite. El flamenco, nos advierte con la erudición de quien lo ha descosido y vuelto a coser mil veces, no puede ser cualquier cosa que se le parezca; no todo lo que reluce con oropeles modernos es oro jondo. Existe, al parecer, una esotérica línea roja entre la innovación y el «pasarse», entre la evolución y la transgresión que diluye la esencia. Una rigurosa frontera que, sin duda, los custodios del patrimonio inmaterial se sienten en la obligación, casi vocacional, de señalar con dedo discreto, pero firme.
Y es aquí donde reside la sutil elegancia de la perplejidad de Mercé. Porque la historia del arte, y la del flamenco en particular, es un relato incesante de apropiaciones, fusiones y reinterpretaciones que, en su momento, también debieron de escandalizar a más de un purista. ¿Dónde empieza el cante y dónde la influencia? ¿Qué generación tiene el copyright de la innovación? El eterno dilema de la paternidad artística se renueva con cada éxito que osa mirar al pasado para proyectar un futuro, a veces, con un volumen y una reverberación que eclipsan a los venerables orígenes. Uno casi puede vislumbrar al joven Mercé, en su día, navegando aguas que también para algunos parecían turbias.
Quizás, y esta es la gran ironía que late en el corazón de estas declaraciones, la verdadera tradición flamenca, en su infinita capacidad de reinvención, sea precisamente esa: el perpetuo debate sobre lo que es y lo que no, una suerte de *performance* dialéctica que, a su manera, también José Mercé y Rosalía, cada uno desde su rincón del escenario, continúan enriqueciendo. Porque, al final, definir los límites de un arte tan vivo como el flamenco es, casi con seguridad, la más efímera de las coreografías.
