Se dice, con cierta ligereza intelectual, que el tiempo es una invención humana, una abstracción ingeniosa para poner orden al caos del devenir. Una herramienta conceptual, a fin de cuentas. Qué curiosa herramienta, sin embargo, que ha logrado erigirse como el director de orquesta de nuestras existencias. Pocos constructos abstractos gozan de tal autoridad sin apenas que nos percatemos, marcando el pulso diario de las ciudades y los individuos con una precisión asombrosa.
No hay jornada que no se doblegue ante sus hitos invisibles, ni proyecto que no se someta a su veredicto final. Uno podría pensar que somos nosotros quienes lo administramos, quienes decidimos sobre su ritmo y su cadencia. Pero, ¿quién, en realidad, dicta la urgencia de las reuniones, la fecha límite de los envíos o la perentoriedad de las oportunidades? Su presencia es tan sutil como omnipresente; sus directrices, tan implacables como las mareas.
La modernidad, en su afán de eficiencia, ha elevado al tiempo a la categoría de recurso escaso, de capital a invertir o a malgastar. Hablamos de «ganar tiempo» o de «matarlo», como si fuera una entidad viva, un adversario a batir o un siervo a doblegar. Es fascinante cómo una simple convención numérica ha logrado impregnar nuestra psique colectiva con la ansiedad de su escasez, convirtiendo cada segundo en una unidad de medida para el éxito o el fracaso, la culpa o la recompensa.
Y lo más curioso de todo es que este poder ejecutivo carece de un rostro, de una voz, de un manifiesto. No hay un parlamento del tiempo, ni una constitución que podamos enmendar. Su autoridad es tácita, universalmente aceptada, casi instintiva. Se nos impone una agenda, y la seguimos. Se nos asigna un plazo, y corremos. Pocas monarquías absolutas, por muy divinas que se creyeran, han gozado de una obediencia tan férrea y voluntaria como la que profesamos a esta idea.
Quizá el gran ingenio humano no radique solo en su capacidad de abstracción, sino en la curiosa tendencia a ceder la soberanía de sus días a esas mismas invenciones. El tiempo, esa idea tan etérea como ineludible, continúa dictando su ley, implacable, observando desde su inexistencia cómo nos afanamos en seguir sus huellas. Y nosotros, sus súbditos más devotos, continuamos consultando nuestros relojes, como si su aguja tuviera la última palabra sobre el auténtico valor de lo vivido.
