El Valor Cotidiano de la Moneda de Cambio Agrícola
En el laberinto de la alta diplomacia y los magno acuerdos transcontinentales, a veces uno olvida esos pequeños detalles logísticos que a veces nublan la visión de conjunto. El inminente —o quizás ya perenne— acuerdo entre la Unión Europea y Mercosur se presenta como una joya en la corona de la estrategia comercial comunitaria, un hito que promete abrir mercados y cimentar alianzas. Sin embargo, en un giro que solo la pragmática económica moderna puede ofrecer, parece que la moneda de cambio para sellar esta grandiosa arquitectura geopolítica ha resultado ser curiosamente orgánica: nuestros propios agricultores. Una elección tan ingeniosa como inesperada, que dota al concepto de «valor» de una dimensión verdaderamente tangible.
Los despachos de Bruselas, con su visión panorámica y sus hojas de cálculo impolutas, delinean un futuro donde la eficiencia global es la máxima aspiración. Y, en esa visión, la producción local, con sus estándares, sus normativas y sus —¡oh, la humanidad!— costes laborales, a veces se revela como un estorbo adorablemente anticuado. ¿Por qué producir aquí con tanto esmero cuando podemos importar con la ligereza de una pluma, y a menudo, con la conveniencia de unos costes sociales y medioambientales que escapan milagrosamente a nuestros estrictos controles? La lógica es impecable, si uno se abstrae de la tierra mojada, el sudor y la supervivencia de miles de familias.
Así, mientras los negociadores intercambian documentos y sonrisas protocolarias, los «objetos» de este intercambio –los labradores de Europa– han optado por una forma de protesta que se antoja casi bucólica en su ejecución: el tractor y el asfalto. Muestran con una ingenuidad pasmosa que sus preocupaciones no son meras cifras en una balanza comercial, sino el sustento de sus vidas, el futuro de sus hijos y la identidad de sus pueblos. Su «pulso en las carreteras» no es sino una muestra conmovedora de que, a veces, incluso en la era digital, la comunicación más eficaz sigue siendo la de un vehículo agrícola bloqueando el paso, recordando que las grandezas diplomáticas tienen un precio, y que alguien, inevitablemente, lo pagará.
Porque, a fin de cuentas, ¿quién necesita campos florecientes y despensas locales con productos de proximidad, trazabilidad garantizada y un impacto ambiental controlado, cuando se tiene la posibilidad de importar a precios «competitivos» de regiones lejanas? Quizás sea, después de todo, la forma más ingeniosa de financiar el progreso: no con oro ni con divisas fuertes, sino con la silenciosa resignación de aquellos que alimentan a un continente. Y si ese «progreso» tiene un ligero aroma a sacrificio ajeno, bueno, siempre podremos decir que fue por el bien mayor. Al menos hasta que las carreteras vuelvan a llenarse de tractores, recordándonos la persistente y ruidosa realidad.
