## La Curiosa Resiliencia de la Ética Política: Un Pase VIP con Final Agridulce
Hay carreras políticas que, más que trayectorias, parecen odiseas forjadas en el crisol de la retórica y la oportunidad. La de Xosé Tomé, al menos en su anterior capítulo, nos regaló una de esas estampas memorables: el pase VIP a Moncloa, la cercanía al poder central, y esas proclamas solemnes de derechos y libertades que tan bien suenan en los salones enrarecidos de la alta política. Era la imagen del adalid, del gestor comprometido, del hombre que pisaba moqueta noble para defender principios. Un halo de respetabilidad que, sin duda, confería un lustre especial a su labor como presidente provincial, antes de que la prosaica realidad de una denuncia de acoso sexual irrumpiera en el libreto.
La caída, como suele ocurrir en estos casos, llegó con el consabido comunicado y la obligada dimisión. Pero, ¡ay!, la política rara vez es un precipicio sin paracaídas. Dimitió de la presidencia de la Diputación, sí, el cargo más visible, el que implicaba una mayor carga simbólica ante la opinión pública. Sin embargo, el escaño provincial y la vara de mando municipal de Monforte de Lemos parecían poseer una inmunidad especial, una especie de fuero tácito que le permitía conservar una base de poder desde la que observar la tempestad. Y, por si fuera poco, la conveniente mutación a «no adscrito» dibuja un sutil arte de la desvinculación, un desprendimiento de siglas que permite mantener el escaño sin cargar con el peso de la imagen de un partido.
Esta curiosa resiliencia no es tanto un milagro como una lección práctica en la maleabilidad de los principios políticos. La defensa de los derechos y libertades, tan vehementemente esgrimida en Moncloa, parece adquirir contornos difusos cuando la acusación recae sobre uno mismo. La ética se convierte entonces en un concepto elástico, capaz de adaptarse a las circunstancias y de permitir que la vida política continúe, a pesar de las manchas en el expediente personal. El foco se desplaza de la conducta a la aritmética de los escaños, de la ejemplaridad a la pura y dura continuidad del poder local.
Así, la historia de Xosé Tomé, lejos de ser un relato de una caída sin red, se erige como una demostración más de que, en el ajedrez político, siempre hay movimientos para perpetuar la partida. Los pases VIP a Moncloa pueden desvanecerse, las proclamas grandilocuentes pueden quedar en entredicho, pero el asiento en la Diputación y la alcaldía «no adscrita» son baluartes que demuestran la verdadera libertad de algunos hombres públicos: la capacidad de navegar por las borrascas éticas manteniendo el rumbo y, lo más importante, el sueldo. Después de todo, ¿quién dijo que el fin de una era debía ser el fin de un presupuesto?
