## Adiós, Robe, adiós.
La noticia, aunque esperada por algunos corazones acostumbrados a los compases del ineludible paso del tiempo, ha caído como una melodía melancólica sobre la generación que, a diferencia de otros efímeros vicios de juventud, nunca encontró la necesidad de *superar* a Robe Iniesta. Y es que, si somos honestos, ¿para qué? Su música, lejos de anclarse en la nostalgia de los excesos de antaño, ha sabido evolucionar con una peculiar gracia, ofreciendo la banda sonora idónea para esa etapa vital tan extraña y caótica que, con exquisita precisión, se despliega justo entre la juventud desatada y la prometedora necrosis. Un verdadero acompañante en el viaje hacia la madurez, o al menos, hacia su simulacro.
Porque mientras otros ídolos generacionales se desdibujaban en el recuerdo o, peor aún, se convertían en una caricatura de sí mismos, Robe optaba por una ruta menos transitada. Sus nuevas canciones no exigían renunciar al pasado, sino que, de algún modo, lo metabolizaban, ofreciendo reflexiones más pausadas y paisajes sonoros que encajaban como un guante con las hipotecas, las responsabilidades autoimpuestas y ese constante cuestionamiento existencial que define a la treintena (o cuarentena) avanzada. Era el artífice de una obra que, sin perder su inconfundible espíritu, proporcionaba consuelo al alma de quienes, aún con canas incipientes, se negaban a abandonar del todo el caos inherente a la vida.
Y ahora, el «adiós». Un adiós que resuena con una ironía deliciosa. Si su música ha sido el manual no oficial para navegar esa particular travesía entre el ímpetu juvenil y la dulce espera de la senectud, ¿qué significa su partida? ¿Acaso es una sutil indicación de que la propia «etapa extraña y caótica» ha llegado a su fin? ¿O es que, habiendo guiado a toda una generación a través del purgatorio del devenir adulto, Robe decide ahora que debemos enfrentar la inminente necrosis sin la confortable compañía de sus metáforas y sus guitarras? La despedida, en este caso, podría ser no solo la de un artista, sino la de una era: aquella en la que podíamos permitirnos el lujo de sentirnos eternamente jóvenes y caóticos, con una excusa sonora siempre a mano.
