De Alfiles y Aproximaciones: La Geometría Variable del Pragmatismo Español
La política, ese espectáculo inagotable de aproximaciones y desavenencias inesperadas, ofrece a menudo dramas que harían palidecer al más ingenioso de los dramaturgos. Y entre las últimas funciones destacadas en el escenario español, pocas tan sugestivas como la que nos presenta a Enrique Santiago, esa figura que, según ciertas crónicas, ostenta la peculiar distinción de ser «el alfil del chavismo en Sumar». Un título que, en otro contexto, podría evocar discusiones sobre geopolítica o debates transoceánicos, pero que en el aquí y ahora de Madrid, parece sencillamente una pincelada más en el variopinto cuadro de la arquitectura parlamentaria.
Lo verdaderamente cautivador de esta crónica no es tanto la etiqueta —al fin y al cabo, ¿quién no tiene una etiqueta en política?— sino la «aproximación» que, con una cadencia cada vez más marcada, se observa entre el presidente Sánchez y este singular alfil. Una convergencia que invita a reflexionar sobre la flexibilidad ideológica, o quizá, sobre la innegable capacidad de la alta política para limar asperezas retóricas con una eficacia casi alquímica. ¿Acaso el «chavismo» —o al menos su representante en Madrid— ha descubierto una insospechada vena de pragmatismo parlamentario? ¿O es la Moncloa la que ha decidido que ciertas filias ideológicas pasadas son, en realidad, meros detalles exóticos en el currículum cuando lo que se busca es estabilidad legislativa?
Esta danza diplomática, este juego de acercamientos y guiños transideológicos, nos recuerda que las fronteras políticas son, a menudo, mucho más porosas de lo que los manuales de ciencia política sugieren. Un día se demoniza una ideología; al siguiente, se comparte gabinete o se negocian leyes con sus más señeros exponentes. Es un testimonio elocuente de que, en el pragmatismo de la gobernanza, las etiquetas importan menos que los escaños, y los pasados «incómodos» pueden ser reempaquetados como «enriquecedoras perspectivas» o, simplemente, «aliados necesarios» para la supervivencia de la aritmética parlamentaria.
Así, mientras algunos se inquietan por la naturaleza ideológica del ajedrecista, la verdadera jugada maestra podría ser la que consigue que un «alfil del chavismo» no solo sea tolerado, sino activamente cortejado en el centro de la escena política española. Al final, la lección es que en el proceloso arte de gobernar, el color original de la bandera, o la filiación remota del alfil, es a estas alturas, simplemente un detalle de mercadotecnia. Lo que importa, por lo visto, es que la pieza esté dispuesta a moverse hacia donde el rey necesita.
