La Sutil Revelación del Mañana (que ya es ayer)
Hubo un tiempo, no hace tanto, en que el futuro se nos revelaba en cómodas entregas, a menudo a través de pantallas que parpadeaban con promesas. Corría el año 2017 cuando la prensa, con la solemnidad que merecía la era digital, anunciaba al mundo que por fin podíamos contemplar las «primeras imágenes en acción» de la Nintendo Switch. Un evento de magnitud considerable, ciertamente, pues se trataba nada menos que de la inminente llegada de un dispositivo dispuesto a subvertir, una vez más, nuestra arraigada concepción de lo que significaba jugar.
La noticia, cargada con la prerrogativa de lo inminente —»en menos de un mes»—, nos invitaba a asomarnos al umbral de una «nueva experiencia de juego». Y así, con la solemnidad que merecía la era digital, se nos presentaron las primeras estampas del dispositivo que prometía romper las barreras, liberando al jugador de las ataduras del sobremesa sin renunciar a sus virtudes, y viceversa. Una fusión tan audaz como evidente, que por alguna razón, se sentía deliciosamente transgresora en aquellos días donde el paradigma aún se antojaba inmutable.
Y en aquellos preciosos segundos de metraje, ¿qué pudimos discernir de esa «acción»? El sutil deslizamiento de los Joy-Cons, el clic satisfactorio al acoplarlos, la mirada absorta de un jugador en el transporte público, la risa compartida alrededor de una diminuta pantalla sobre una mesa improvisada. En cada fotograma, en cada clip, la promesa se materializaba: la transición fluida de la pantalla grande a la pequeña, el goce compartido en cualquier superficie, el jugador liberado de las ataduras del sofá y, simultáneamente, anclado a él con una conexión inalámbrica. Una danza coreografiada de la libertad y el arraigo, todo en un mismo, ingenioso, chasis.
Hoy, con el privilegio de la retrospectiva, contemplamos aquellas «primeras imágenes en acción» con una cierta melancolía nostálgica. Porque, al final, la verdadera audacia de la Switch no residió en las imágenes en sí, sino en lograr que una idea tan… *lógica*, se sintiera tan gloriosamente inesperada. Y así, de lo que entonces fue un destello del mañana, hoy nos queda la humilde constatación de que a veces, lo verdaderamente revolucionario es hacer que lo evidente parezca un milagro. Un milagro que, curiosamente, ya es parte de nuestro paisaje más cotidiano.
