2025 no fue un año para entender el mundo.
Fue un año para entenderse a una misma dentro de él.
Pasaron muchas cosas, como siempre. Demasiadas, quizá. Pero lo que de verdad marcó el año no fueron los titulares, sino el cansancio que dejaron. Un cansancio raro, sin dramatismo. No de esos que te tumban, sino de los que te hacen dejar de fingir entusiasmo.
En 2025 me descubrí callando más. No por falta de opinión, sino por exceso de ruido. Entendí que no todo merece respuesta, que no toda indignación es urgente y que explicar lo evidente se ha convertido en una forma elegante de agotarse.
Vi cómo se repetían los mismos debates con palabras nuevas. Cómo la moral seguía circulando como moneda social. Cómo la tecnología prometía salvarnos mientras nos hacía dudar un poco más de todo. Y, por primera vez, no sentí la necesidad de posicionarme en cada esquina.
Fue un año de retirada selectiva.
Aprendí a cuidar mejor a quién escucho y, sobre todo, a quién no. A elegir conversaciones pequeñas en lugar de discursos grandes. A no confundir presencia con relevancia ni visibilidad con verdad.
2025 me enseñó que estar informada no siempre es estar lúcida. Que opinar no siempre es participar. Y que hay una forma de dignidad silenciosa en no entrar en determinadas dinámicas, aunque eso te vuelva menos visible.
También fue un año de contradicciones. De defender valores mientras se duda. De querer cambiar cosas sin saber aún cómo. De sentir que algo no funciona, aunque no tengamos el lenguaje exacto para nombrarlo. Y está bien. No todo tiene que estar claro para ser honesto.
Si tuviera que resumir 2025 en una sensación, sería esta:
Dejé de intentar tener razón todo el tiempo y empecé a intentar no traicionarme.
No sé si eso me hizo mejor persona.
Pero me hizo una persona más tranquila.
Quizá 2026 traiga respuestas. O ruido nuevo. O más de lo mismo.
Pero 2025 me dejó algo valioso:
la certeza de que no necesito explicarme constantemente para existir.
Y, en un mundo que exige opinión inmediata,
eso ya es una forma de resistencia.
