Vivimos rodeados de moral. No de ética —que es otra cosa—, sino de moral exhibida. Declarada. Publicada. Compartida.
Nunca fue tan fácil parecer buena persona. Basta con opinar lo correcto en el momento adecuado y, a ser posible, delante de testigos.
Las causas justas han dejado de ser un compromiso para convertirse en identidad. No importa tanto lo que haces como lo que dices que defiendes. La moral ya no guía: posiciona. Sirve para señalar dónde estás, con quién, y —sobre todo— por encima de quién.
Las redes sociales han hecho el resto. Han transformado la conciencia en escaparate y la virtud en moneda. Cada postura pública es una inversión reputacional: apoyo esta causa, rechazo aquella, denuncio a este otro. No por cambiar nada, sino por no quedar fuera. El silencio, hoy, cotiza mal.
Así nace la señalización de virtud: ese impulso casi reflejo de alinearse con la causa correcta, no tanto para mejorar el mundo como para blindar la propia imagen. Un gesto rápido, visible y de bajo coste. Un “mírame” moral que no exige coherencia, solo presencia.
Lo perverso no es que existan valores compartidos. Lo inquietante es cómo se usan. La moral se ha vuelto una herramienta de control blando: quien no se pronuncia es sospechoso, quien duda es señalado, quien se equivoca es castigado. No hay espacio para el matiz cuando lo importante es demostrar pureza.
Mientras tanto, la acción real —lenta, incómoda, silenciosa— queda relegada. No genera aplausos. No suma puntos. No se puede compartir. Así que molesta.
Se habla mucho de ética, pero se practica poco. Porque practicar implica renunciar, asumir costes, mancharse. Y eso no luce bien en el escaparate.
Tal vez por eso hoy abunda la virtud declarada y escasea la vivida.
No es que falten valores.
Es que sobran escenarios.
