## La geopolítica del gerundio: Crónicas de la lengua en disputa
El Olimpo de las letras hispanas nos ofrece, una vez más, un espectáculo digno de los mejores dramas griegos, solo que con menos tragedia y más burocracia. El Instituto Cervantes, con la solemnidad que amerita una institución de su calibre, ha alzado la voz contra la Real Academia Española (RAE), acusándola nada menos que de «utilizar» a las academias de América Latina y de causar «daños institucionales» con Panamá. La causa de tan profunda herida geopolítica y lingüística: la elección unilateral, según se nos informa, de la sede para el próximo Congreso Internacional de la Lengua. Que el director del Cervantes asegure que la RAE ha decidido por su cuenta que el evento se celebre en Panamá suena casi a un acto de secesión dialectal, una afrenta que bien podría desembocar en una declaración de guerra… fonética.
Uno no puede evitar admirar la capacidad de estas augustas instituciones para elevar una cuestión de logística congresual a la categoría de crimen de lesa hispanidad. Acusar a la RAE de «utilizar» a nuestras hermanas latinoamericanas en un contexto de elección de sede para un evento lingüístico roza lo sublime. ¿Acaso la RAE ha desplegado una sofisticada red de espionaje filológico para convencer a Panamá, o simplemente ha cursado una invitación y ha sido aceptada con entusiasmo? La idea de que esto constituya un «daño institucional» a la soberanía panameña —como si el destino del canal y la economía de la nación dependieran de quién organiza la próxima ponencia sobre la eñe— introduce un nivel de dramatismo que pocas cumbres diplomáticas pueden igualar. Quizás la única explicación plausible sea que la embestida dialéctica del señor García Montero, tan peculiar en su estilo como en su ejecución, ha sido percibida como una declaración de independencia gramatical por parte de la RAE.
Mientras los guardianes de la gramática y el léxico miden fuerzas en un pulso que bien podría definirse como la «guerra fría del vocablo,» la lengua española, ajena a estas pugnas de salón, sigue su curso vital y democrático. Se expande, se contrae, se reinventa en millones de bocas a diario, en incontables acentos y en los más variados contextos, desde el meme más ingenioso hasta la tesis doctoral más sesuda. Su vitalidad se forja en las calles de Medellín, en los mercados de Sevilla y en los foros de Buenos Aires, no en los despachos con vistas privilegiadas.
Y es aquí donde reside la más fina de las ironías: mientras las instituciones se afanan en determinar quién tiene la autoridad para organizar el próximo gran evento, la lengua misma, en su sabiduría anárquica, ya ha decidido dónde quiere ir. Quizás el verdadero «daño institucional» no sea a Panamá, ni a las academias latinoamericanas, sino a la ilusión de que el español necesita de guardianes y árbitros para trazar su glorioso y espontáneo camino. Tal vez, a fuerza de disputas sobre quién ostenta la llave del congreso, descubramos un día que la lengua, en un acto de divina independencia, ha decidido organizar la próxima edición por sí misma, y quizás en un lugar que ninguno de ellos había contemplado: la vasta e inabarcable nube.
