Existe un anhelo primordial, casi un imperativo categórico en la era de la información, de que todo proyecto, sea este una tesis doctoral sobre la taxonomía de la mosca de la fruta en los Andes o una *startup* que promete revolucionar la entrega de burritos veganos, nazca investido de un propósito tan palpable que su mero alumbramiento ya conjure la pesadilla de escribirle al vacío. Es una aspiración comprensible, noble incluso: nadie desea que su esfuerzo intelectual o emprendedor se disuelva como tinta en agua, sin dejar rastro en el vasto océano de la producción humana. Así, bajo el estandarte de la «relevancia» y el «impacto», se orquestan sinfonías enteras de planificación estratégica, métricas de rendimiento y narrativas cuidadosamente cinceladas para asegurar que cada nueva iniciativa resuene, aunque sea un poco, en la caverna de la existencia contemporánea.
En el ámbito académico, esta pulsión se manifiesta con una sofisticación casi litúrgica. No basta con investigar; hay que «publicar en revistas de alto impacto», generar «proyectos interdisciplinarios con potencial disruptivo» y, por supuesto, obtener «financiación externa con un fuerte componente de transferencia de conocimiento». El *curriculum vitae* se convierte en un mapa estelar donde cada punto de luz representa un esfuerzo por escapar de la nebulosa de lo inédito, de lo no citado, de lo no reconocido. La búsqueda de la originalidad, antaño un fin en sí mismo, muta en un medio para alcanzar un algoritmo de reconocimiento. Se erigen entonces catedrales de conceptos y marco teórico donde la piedra angular es la promesa de «no escribirle al vacío», aunque la arquitectura resultante a veces recuerde más a un ecoamplificador que a un espacio de genuina indagación.
En la esfera social, la ansiedad por la irrelevancia se democratiza y, con frecuencia, se espectaculariza. La era digital ha puesto un micrófono en cada mano, transformando a cualquier individuo en potencial «creador de contenido», «líder de opinión» o «voz autorizada» en su nicho. Desde el *influencer* que «construye una comunidad» hasta el conferencista TED que «comparte una idea que vale la pena difundir», la meta es la misma: evitar el silencio, la indiferencia, la invisibilidad. Proyectos personales y colectivos se lanzan con el fervor de quien ha descubierto la panacea de la visibilidad, construyendo marcas personales o corporativas con la esperanza de que su mensaje, por frágil que sea, encuentre resonancia en la vasta y bulliciosa red.
Y así, en esta incesante labor por llenar cada resquicio de la existencia con nuestra impronta, en esta huida desesperada del temido vacío, paradójicamente, corremos el riesgo de generar un nuevo tipo de vacío: el de la autenticidad. Al esforzarnos tanto por asegurar que nuestros proyectos *no escriban en el vacío*, a menudo nos olvidamos de preguntarnos si estamos escribiendo *algo realmente significativo*, o si simplemente estamos contribuyendo al ruido blanco de la conectividad, al murmullo constante de la auto-promoción. Quizás el truco maestro de la ironía residiría en reconocer que, para dejar una huella verdadera, a veces es preciso asumir el riesgo del silencio, o incluso, el de escribir deliberadamente hacia ese vacío, confiando en que lo genuino, eventualmente, encontrará su propio eco sin la necesidad de un megáfono estratégico.
