**El día que Sheldon Cooper estuvo a punto de ser Barney Stinson**
Es una de esas revelaciones que nos invitan a cuestionar la mismísima arquitectura de la realidad catódica. En el imaginario colectivo, hemos grabado a fuego que Jim Parsons *es* Sheldon Cooper, el eminente (y exasperante) físico teórico de la «Teoría del Big Bang». Su *Bazinga!* es tan inseparable de su figura como las ecuaciones de la pizarra de su salón. Del mismo modo, visualizamos a Neil Patrick Harris y, sin dudarlo, aparece Barney Stinson, el dandy trajeado de dudosa moralidad, cuyo lema «¡Póntelo!» se ha convertido en una divisa global para el desenfreno estilístico. Pero he aquí el giro de guion, el *plot twist* que desestabiliza nuestro universo televisivo: en algún universo paralelo, o al menos en una sala de casting, Parsons estuvo a un paso de colgarse el traje de Barney.
La mera idea de que el hombre que popularizó la importancia de la rutina inquebrantable, la jerarquía de los asientos en el sofá y la aversión a todo contacto humano no contractual, pudiera haber estado perfeccionando el arte de la «Leyenda espera a dario» es un ejercicio de disonancia cognitiva televisiva. Imaginemos a Jim Parsons, con su mirada de inocente pedantería, ejecutando el playbook de Stinson para la conquista, o discutiendo la estrategia para una «noche de juego» con una seriedad que haría sonrojar incluso a Sheldon. Y viceversa, uno casi puede sentir el escalofrío al considerar a Neil Patrick Harris, con su innata elegancia para el vicio, tratando de descifrar la «Teoría de Cuerdas» mientras insiste en su sitio inamovible. El casting, al parecer, es una ciencia tan exacta como la física cuántica, con sus propias reglas de probabilidad y universos superpuestos.
Pero, afortunadamente para la estabilidad de nuestras maratones televisivas, los engranajes del destino –o quizás simplemente los directores de casting con una visión sorprendentemente clara– giraron en la dirección correcta. Se evitó lo que habría sido, sin duda, una fascinante, aunque quizá traumatizante, inversión de arquetipos. Pudimos haber presenciado a un Barney Stinson demasiado preocupado por la correcta enunciación de sus frases de conquista, o a un Sheldon Cooper demasiado hábil en las interacciones sociales para ser creíblemente Sheldon. Una catástrofe cómica de proporciones galácticas, de la que, por suerte, la humanidad salió ilesa y con dos iconos definidos.
Así que, mientras brindamos por la innegable genialidad de las elecciones finales que nos dieron a los personajes tal como los conocemos, no podemos evitar una sutil punzada de curiosidad. ¿Qué nos dice de la naturaleza de la interpretación, o quizás de la flexibilidad de la condición humana, que Jim Parsons fuera capaz de convencer a alguien de que podía ser Barney Stinson? Quizás todos llevamos un Barney reprimido, o un Sheldon latente, esperando la audición adecuada para salir a la luz. O tal vez, solo tal vez, los actores son simplemente mejores mintiendo de lo que estamos dispuestos a admitir.
