La Cuarta Dimensión, Despojada de Su Mejor Atuendo
El tiempo, esa escurridiza entidad que rige calendarios, citas y, para muchos, la incesante ansiedad de la vida moderna, parece haber sido recientemente despojado de su más venerable símbolo. Científicos suizos, con esa precisión que les es tan característica, han logrado la proeza de medir el retardo de tiempo ultracorto en la fotoemisión electrónica *sin usar un reloj*. A primera escucha, la noticia evoca la imagen de un virtuoso intentando interpretar una sinfonía sin pentagrama, o quizás, la de un chef horneando un soufflé sin horno. Un oxímoron delicioso para el paladar intelectual.
No obstante, tras la pátina de la paradoja, yace un logro científico de peso. Nos aseguran que esta capacidad de desentrañar las minúsculas demoras que experimentan los electrones al ser arrancados de la materia, medida en escalas de attosegundos, es un avance fundamental y un trampolín para la tecnología de vanguardia. Uno no puede evitar una ligera inclinación de cabeza al imaginar las futuras aplicaciones: quizás microprocesadores que operen a velocidades tan vertiginosas que ni siquiera el más impaciente de los usuarios logre apreciar la diferencia, o dispositivos tan «ultracortos» en su funcionamiento que su propia existencia se antoje efímera.
Quizás lo verdaderamente revelador de este experimento no sea tanto el ‘cómo’ —que para el lego se antoja más próximo a la metafísica que a la instrumentación convencional—, sino el ‘porqué’. Esta incesante necesidad humana de desmenuzar lo fundamental, de escudriñar los cimientos de la realidad, aunque ello implique despojar al tiempo de su más venerable atuendo: el reloj. Hay una pureza indudable en la búsqueda del conocimiento por el conocimiento mismo, pero uno no puede evitar una sonrisa al imaginar a estos cerebros helvéticos, sumergidos en el abismo de los attosegundos, mientras el resto de la humanidad sigue llegando tarde a las reuniones, obsesionada con un minutero que, aparentemente, ya no es indispensable para definir el flujo.
Así que, la próxima vez que el despertador suene con su tiránica puntualidad, o que el semáforo se niegue a cambiar su luz en el instante preciso, recordemos que, en algún laboratorio prístino, la esencia misma de ese intervalo ha sido descifrada sin necesidad de manecillas ni dígitos. Quizás, solo quizás, el verdadero avance sea que ahora podemos perder la noción del tiempo con una precisión aún mayor, sabiendo que, a nivel subatómico, alguien ya lo tiene todo perfectamente calculado, y sin mirar el reloj. Una liberación, sin duda, para el alma moderna, aunque solo sea en el reino de lo infinitesimal.
